
El machete de Miguel Hernández se detiene a centímetros de lo que parece ser una lona verde deñida. Es marzo del 2021 y el guía Lacandón lleva más de 30 años recorriendo estos senderos ocultos de la selva tropical más grande de México. Pero jamás había visto algo así.
Las raíces de una seiva gigante han formado una red tan densa que parece haber devorado completamente una estructura artificial. Miguel se limpia el sudor de la frente y grita hacia atrás. Doctor, venga a ver esto. El biólogo Carlos Mendoza, quien lidera una expedición de investigación sobre especies endémicas, se acerca con curiosidad. Lo que encuentra lo deja sin palabras.
Entre la maraña de raíces, lianas y vegetación, que ha crecido sin control durante décadas, se distinguen claramente los restos de lo que una vez fue un campamento humano, una carpa militar, equipo de excursionismo cubierto de musgo y algo que hace que el corazón de ambos hombres se acelere. Un pasaporte británico parcialmente devorado por la humedad.
Esto ha estado aquí muchísimo tiempo”, susurra Miguel tocando con respeto una de las raíces que atraviesa lo que parece haber sido una mochila de montañismo. La selva, en su proceso natural de regeneración había literalmente consumido el campamento, convirtiéndolo en parte del ecosistema. Era como si la naturaleza hubiera decidido guardar un secreto durante casi tres décadas.
El nombre en el pasaporte, aunque borroso, es claramente legible. James Alexander Thompson. Fecha de nacimiento. 15 de abril de 1965. Nacionalidad británica. Y el último sello de entrada a México que se puede distinguir está fechado el 12 de octubre de 1993. Carlos Mendoza siente un escalofrío que no tiene nada que ver con la humedad de la selva.
Está sosteniendo en sus manos una pieza clave de un misterio que ha permanecido sin resolver durante 28 años. La selva La Candona, ubicada en el estado de Chiapas, es uno de los ecosistemas más complejos y peligrosos de toda América Latina. Con más de 614,000 hectáreas de selva tropical virgen, alberga el 20% de las especies de México en apenas el 0.16% del territorio nacional.
Es un laberinto verde donde convergen ríos caudalosos, pantanos traicioneros, especies de fauna que pueden ser mortales y una vegetación tan densa que puede hacer desaparecer a una persona en cuestión de minutos. En 1993, esta región era aún más salvaje e inexplorada.
Los conflictos sociales que derivarían en el levantamiento zapatista de enero de 1994 ya se gestaban en las comunidades indígenas. El acceso era extremadamente limitado, las comunicaciones prácticamente inexistentes y los pocos turistas que se aventuraban en estas profundidades lo hacían bajo su propio riesgo. Era el territorio perfecto para que alguien desapareciera sin dejar rastro alguno.
James Thompson había llegado a México como parte de lo que en los años 90 se conocía como turismo de aventura extrema. Después de la caída del muro de Berlín y con el mundo abriéndose a nuevas posibilidades, jóvenes occidentales buscaban experiencias auténticas en lugares remotos. La selva, la candona, con sus ruinas mallas ocultas y su biodiversidad incomparable, se había convertido en un destino místico para aquellos que buscaban algo más que las playas de Cancún.
Miguel examina cuidadosamente los restos del campamento mientras Carlos documenta cada hallazgo con su cámara. Entre la vegetación encuentran elementos que cuentan la historia de aquellos últimos días de octubre de 1993. Una linterna cuyo plástico se ha vuelto quebradizo. Un mapa topográfico de la región completamente desintegrado por la humedad.
Restos de comida enlatada que la oxidación ha convertido en polvo rojizo y algo particularmente inquietante. Un cuaderno de campo envuelto en plástico que milagrosamente ha resistido la voracidad del tiempo. No podemos tocar nada más, decide Carlos. Esto es oficialmente una escena de investigación. La realidad es que ambos hombres comprenden la magnitud de lo que han encontrado.
Durante casi tres décadas, la familia de James Thompson ha vivido con la incertidumbre de no saber qué le ocurrió a su hijo. Las autoridades mexicanas habían clasificado el caso como desaparición en zona de alto riesgo, un eufemismo que básicamente significaba que las posibilidades de encontrar respuestas eran prácticamente nulas.
La búsqueda oficial de James Thompson había durado apenas dos semanas en noviembre de 1993. Un equipo de rescate conformado por militares mexicanos y guías locales había rastreado los últimos puntos conocidos de su ubicación, el pueblo de frontera Corosal, donde había contratado los servicios de un guía local llamado Joaquín Morales para adentrarse en la selva en busca de las ruinas de Yachilan.
Pero después de esas dos semanas, sin encontrar rastro alguno, la selva había cerrado sus secretos y el caso se había archivado. El cuaderno que Miguel y Carlos han encontrado podría contener las respuestas que la familia Thompson ha buscado durante 28 años, pero también podría revelar algo más perturbador, las verdaderas circunstancias de lo que ocurrió en aquellos días de octubre cuando un joven británico decidió adentrarse solo en uno de los lugares más peligrosos del mundo.
Carlos contacta por radio satelital a las autoridades mientras Miguel marca la ubicación exacta del campamento con su GPS. Las coordenadas son 16 de ga 5817 WB, aproximadamente a 15 km al sureste de las ruinas de Bonan en una zona que en 1993 no aparecía en ningún mapa turístico oficial. Es un área donde la selva se vuelve particularmente densa, cruzada por arroyos estacionales y formaciones rocosas que pueden crear laberintos naturales, de los que es fácil perderse sin esperanza de retorno. La noticia del descubrimiento se
extiende rápidamente. En 24 horas, un equipo forense especializado del estado de Chiapas se dirige hacia la selva La Candona, acompañado por agentes de la Fiscalía General. También viaja con ellos alguien que ha esperado este momento durante 28 años, Margaret Thompson, hermana de James, quien a sus 62 años mantiene la esperanza de finalmente conocer la verdad sobre la desaparición de su hermano menor.
Margaret recuerda perfectamente la última conversación telefónica que tuvo con James desde la Ciudad de México el 10 de octubre de 1993. Maggie le había dicho con esa mezcla de emoción y determinación que siempre lo caracterizó: “Mañana salgo hacia Chiapas. Voy a encontrar esas ruinas que nadie más ha documentado. Será el descubrimiento de mi vida.
James era arqueólogo amateur y fotógrafo profesional y había llegado a México con la ambición de documentar sitios mayas remotos que pudieran tener relevancia científica. El equipo forense llega al campamento el 15 de marzo del 2021. La antropóloga forense doctora Ana Lucía Vargas lidera la investigación con un protocolo meticuloso.
Cada objeto es fotografiado in situados removido de su ubicación original. Las raíces han crecido atravesando y rodeando cada elemento del campamento, creando una simbiosis entre lo artificial y lo natural, que es tanto hermosa como perturbadora. La naturaleza ha estado preservando esta escena durante décadas, observa la doctora Varga mientras documenta la posición exacta de cada hallazgo.
Es como si la selva hubiera creado un museo natural. Efectivamente, las condiciones específicas de humedad, temperatura y acidez del suelo han creado un microambiente que ha preservado algunos elementos de manera sorprendente, mientras que ha desintegrado completamente otros. El cuaderno de campo es cuidadosamente extraído de su envoltura de plástico.
Las páginas están húmedas pero legibles, y contienen la letra cuidadosa de James Thompson documentando sus últimos días. La primera entrada está fechada el 13 de octubre de 1993, día 1. Frontera Corozal. Contrate a Joaquín como guía. Partimos al amanecer hacia Ychilán. El río está más bajo de lo esperado debido a la temporada seca.
Joaquín conoce rutas alternativas terrestres. Las entradas continúan durante varios días documentando el progreso hacia el interior de la selva. James describe paisajes de una belleza indescriptible, encuentros con fauna exótica y la creciente dificultad del terreno. Pero también se nota una progresiva preocupación en sus palabras.
El 16 de octubre escribe, Joaquín insiste en regresar. Dice que hemos ido demasiado lejos y que la temporada de lluvias tardías puede comenzar en cualquier momento, pero estamos tan cerca. Los satélites muestran estructuras anómalas a solo dos días de caminata. La tensión entre guía y turista se hace evidente en las siguientes entradas.
Joaquín Morales, un hombre de 45 años con más de 20 años de experiencia guiando expediciones en la selva, había expresado serias reservas sobre continuar más profundo en la lacandona. La temporada seca se extendía más de lo normal, pero eso significaba que cuando llegaran las lluvias llegarían con una intensidad devastadora que podría hacer imposible el retorno.
El 18 de octubre, James escribe su entrada más reveladora. Discusión fuerte con Joaquín esta mañana. insiste en regresar hoy mismo. Le pagué por cinco días más para que me lleve hasta las coordenadas que marqué en el mapa. Se negó rotundamente. Dice que hay espíritus malos en esa dirección y que ningún lacandón va ahí. Decidí continuar solo. Joaquín regresó al río con la mayoría del equipo.
Me quedé con provisiones para una semana. Esta entrada cambia completamente la narrativa oficial de la desaparición. Durante 28 años, las autoridades y la familia creyeron que James se había perdido mientras exploraba con su guía. La realidad era que había tomado la decisión consciente de continuar solo hacia una zona que incluso los expertos locales consideraban demasiado peligrosa.
Margaret Thompson lee estas líneas con lágrimas en los ojos. Típico de Jimmy, susurra. Siempre tan terco, tan decidido a demostrar que podía hacer las cosas solo. James había sido un niño precoz que se convirtió en un adulto obsesivo con los misterios sin resolver. La idea de estar a punto de descubrir algo que nadie más había encontrado habría sido irresistible para él.
Las siguientes entradas del cuaderno documentan los días más difíciles de la expedición. James describe territorio cada vez más complejo, encuentros con jaguares, problemas con el equipo de navegación debido a la humedad y una creciente sensación de estar perdido. El 20 de octubre escribe: “Las coordenadas del GPS no coinciden con el mapa topográfico. La vegetación es tan densa que no puedo ver el cielo para orientarme por el sol.
Encontré un río, pero no estoy seguro si es el mismo que marqué en el mapa. El 22 de octubre, su escritura muestra signos de fatiga y posible deshidratación. Agua escasa. El río que encontré ayer tiene un sabor extraño, posiblemente contaminado por minerales o materia orgánica en descomposición. Decidí seguir su curso esperando que me lleve de vuelta hacia territorio conocido.
Monté el campamento en una elevación cerca de una formación rocosa que ofrece algo de protección. Esta es la ubicación exacta donde Miguel y Carlos encontraron el campamento 28 años después. La formación rocosa es una estructura natural de piedra caliza que crea una especie de cueva superficial parcialmente cubierta por la vegetación.
Es un lugar que ofrece protección contra la lluvia y los depredadores, pero que también está completamente oculto desde cualquier ruta de búsqueda convencional. La penúltima entrada del cuaderno está fechada el 24 de octubre de 1993, día 12. solo en la selva. Las lluvias comenzaron esta madrugada y no han parado. El río que seguía ahora es una corriente furiosa imposible de cruzar.
Mi radio no funciona, posiblemente por la humedad. Las provisiones se están agotando más rápido de lo calculado debido al esfuerzo adicional de moverme en estas condiciones. Y luego la última entrada fechada el 26 de octubre de 1993 con una caligrafía claramente deteriorada. No puedo continuar.
La fiebre empezó ayer por la noche, probablemente malaria o dengue por picaduras de mosquito. El campamento está inundado. Moví el equipo esencial a la formación rocosa más alta. Si alguien encuentra esto, digan a mi familia que traté de regresar. El lugar que buscaba no existe, o al menos no pensé encontrarlo. La selva.
La selva es más grande que cualquier ambición humana. El silencio en el equipo de investigación es profundo cuando la doctora Varga termina de leer estas líneas en voz alta. La historia que emerge del cuaderno de James Thompson es tanto una tragedia personal como una lección sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza.
Un joven brillante y determinado, llevado por la ambición de descubrimiento, había subestimado gravemente los peligros de uno de los ecosistemas más complejos del planeta. Pero aún quedan preguntas sin respuesta. Si James había establecido su campamento final en la formación rocosa, ¿dónde estaba él? El equipo forense no ha encontrado restos humanos en la zona inmediata del campamento.
Es posible que en sus últimos días, debilitado por la enfermedad, hubiera intentado un último esfuerzo por encontrar ayuda o agua potable, alejándose campamento y perdiendo así cualquier posibilidad de ser encontrado. Miguel Hernández, con su conocimiento ancestral de la selva, ofrece una explicación que resulta tanto tranquilizadora como perturbadora.
En la candona, la selva se encarga de regresar todo a la Tierra. Un cuerpo humano en estas condiciones de humedad y con toda la vida que hay aquí puede desaparecer completamente en cuestión de meses. Los animales, los insectos, las bacterias, las plantas, todo forma parte de un ciclo que no deja rastro.
La investigación oficial continúa durante una semana más. El equipo forense peinea un radio de 2 km alrededor del campamento utilizando perros entrenados, georradar y técnicas avanzadas de búsqueda. encuentran algunos objetos personales dispersos que claramente pertenecían a James, una cámara fotográfica cuyo mecanismo interno ha sido completamente devorado por la humedad, pero cuya carcasa de metal permanece un reloj de pulso que se detuvo permanentemente a las 3:47 de una fecha imposible de determinar y
fragmentos de ropa que las técnicas de ADN podrían eventualmente confirmar. Pero el hallazgo más significativo ocurre el último día de la búsqueda, cuando uno de los perros detecta algo enterrado bajo una acumulación natural de hojas y sedimento a unos 800 m del campamento principal.
Es una pequeña cámara hermética que James había usado para proteger elementos críticos en caso de emergencia. Dentro encuentran un rollo de película fotográfica que milagrosamente ha permanecido sellado durante 28 años. El revelado de esa película, realizado por especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México, revela las últimas imágenes que James Thompson capturó antes de su desaparición.
Son fotografías que documentan su descenso hacia lo que él creía. que serían ruinas mallas significativas, pero que en realidad muestran formaciones rocosas naturales que la vegetación y la erosión habían esculpido hasta crear la ilusión de estructuras artificiales. Las últimas fotos de la secuencia muestran a James visiblemente demacrado con signos claros de enfermedad, pero aún manteniendo esa determinación característica que su hermana Margaret reconoce inmediatamente.
En la última imagen, tomada aparentemente con el temporizador de la cámara, James aparece sentado junto a su campamento, mirando hacia la selva con una expresión que combina agotamiento, respeto y una extraña serenidad. Al reverso de esta última fotografía escrita con lápiz en la parte trasera del papel fotográfico, hay un mensaje final que James había dejado como último testimonio. La lacandona me enseñó humildad.
No vine a conquistar la selva. La selva me conquistó a mí. Pero no estoy enojado. Hay una belleza aquí que vale la pena el precio que pagué por verla. Margaret Thompson sostiene esta fotografía durante largo tiempo, memorizando cada detalle del rostro de su hermano.
Al final, dice con voz quebrada pero firme, Jimmy encontró lo que estaba buscando. No eran ruinas mayas, era algo más profundo, era una conexión con algo más grande que él mismo. El caso de James Alexander Thompson es oficialmente cerrado el 2 de abril del 2021. Exactamente 28 años después de su desaparición, las autoridades mexicanas emiten un certificado de defunción basado en las evidencias encontradas y el testimonio del cuaderno de campo.
Su familia finalmente tiene las respuestas que habían buscado durante casi tres décadas, aunque no son las respuestas que esperaban encontrar, pero el descubrimiento del campamento de James tiene consecuencias más amplias para la comprensión de la selva La Candona como ecosistema y como territorio sagrado para las comunidades indígenas locales.
El área donde estableció su campamento final se encuentra dentro de lo que los lacandones consideran una zona de especial significado espiritual, un lugar donde, según sus tradiciones ancestrales, los espíritus de la selva deciden el destino de quienes se aventuran sin la preparación y el respeto adecuados. Don Carmelo Yuk, uno de los ancianos lacandones más respetados de la región, explica, “La selva no es mala con las personas, pero tampoco es buena.
La selva simplemente es.” Los que vienen de afuera a veces no entienden que aquí hay reglas diferentes. No son las reglas de los hombres, son las reglas de la vida misma. El campamento de James, ahora parcialmente liberado de las raíces que lo habían cubierto, se convierte en un lugar de reflexión para investigadores y guías locales.
La decisión de las autoridades es dejarlo como estaba, permitiendo que la selva continúe su proceso natural de reintegración. Es un monumento involuntario a la relación compleja entre la ambición humana y la indiferencia sublime de la naturaleza. Miguel Hernández, el guía que descubrió el campamento, reflexiona sobre la experiencia mientras prepara café en su cabaña de frontera corosal.
Ese inglés tenía corazón valiente, pero cabeza loca. La selva respeta el corazón valiente pero castiga la cabeza loca. Si hubiera venido con humildad, si hubiera escuchado a Joaquín, si hubiera respetado los tiempos de la lacandona, tal vez estaría vivo contando su historia. La historia de James Thompson se convierte en una leyenda local, pero también en una lección práctica para las nuevas generaciones de turistas que llegan a la selva La Candona buscando aventura y descubrimiento.
Los guías locales ahora cuentan su historia como parte de las charlas de seguridad, no para desalentar la exploración, sino para enfatizar la importancia de la preparación, el respeto y la humildad frente a uno de los ecosistemas más complejos del planeta. Pero aún quedan elementos de la historia de James que permanecen envueltos en misterio.
Sus notas hacen referencia a coordenadas marcadas en el mapa que había obtenido de fuentes que nunca especifica claramente. ¿Había alguien más involucrado en planificar su expedición final? ¿Existían realmente las estructuras arqueológicas que buscaba? o todo había sido producto de información incorrecta o deliberadamente engañosa.
Estas preguntas forman la base de nuevas investigaciones que se extienden más allá del destino personal de James Thompson, adentrándose en los misterios más amplios de la selva La Candona y los secretos que aún guarda entre sus profundidades verdes. La noticia del descubrimiento del campamento de James Thompson viaja rápidamente a través de las comunidades ribereñas del río Usumacinta.
En el pequeño pueblo de frontera corosal, donde la historia comenzó 28 años atrás, las reacciones son complejas y variadas. Para algunos es la confirmación de sospechas que habían albergado durante décadas. Para otros es la reapertura de heridas que creían cerradas para siempre. Joaquín Morales, el guía que acompañó a James durante los primeros días de aquella expedición fatal, recibe la noticia en su casa de adobe a las orillas de Luzumacinta.
Ahora tiene 73 años con el pelo completamente blanco y las manos marcadas por una vida entera trabajando en la selva. Cuando los investigadores tocan su puerta el 20 de marzo del 2021, su reacción inicial es un silencio prolongado, seguido de una frase que revela la carga que ha llevado durante casi tres décadas. Sabía que algún día regresarían a preguntarme sobre el inglés.
La entrevista con Joaquín se realiza en presencia de la antropóloga forense doora Ana Lucía Varga, un traductor oficial y Margaret Thompson, quien había volado desde Londres tan pronto como recibió la notificación del hallazgo. Conversación se desarrolla en una mezcla de español y chol, el idioma maya local que Joaquín domina mejor que el castellano, especialmente cuando los recuerdos se vuelven emocionalmente complejos.
Don Joaquín, comienza la doctora Varga, con el respeto que merece un anciano en la cultura maya, necesitamos que nos platique todo lo que recuerda sobre octubre de 1993. Sabemos que usted fue la última persona que vio a James Thompson con vida. Joaquín se acomoda su sombrero de palma y sus ojos, todavía brillantes a pesar de la edad, se pierden en el horizonte del río mientras organiza recuerdos que ha tratado de mantener enterrados.
El inglés llegó el 12 de octubre, comienza Joaquín con voz pausada. Era diferente a otros turistas. No venía no más a ver Jack Chilan como todos. Traía mapas raros, coordenadas escritas en papeles y preguntaba por lugares que nosotros que nosotros no nombramos. Esta última frase la dice en Chol y el traductor explica que se refiere a lugares considerados sagrados o prohibidos por las tradiciones locales.
Margaret Thompson se inclina hacia adelante. Durante 28 años ha imaginado estas conversaciones, pero la realidad de escuchar sobre los últimos días de su hermano desde la perspectiva de quien los vivió es más intensa de lo que esperaba. ¿Qué tipo de mapas? Pregunta James. Nunca me platicó que tuviera información específica sobre ruinas.
Joaquín se levanta y desaparece en el interior de su casa durante varios minutos. Cuando regresa, trae una caja de metal oxidada que claramente ha permanecido cerrada durante años. Después de que el inglés se fue solo, explica mientras abre cuidadosamente la caja. Yo regresé a donde habíamos acampado la última noche, encontré esto.
De la caja saca una hoja de papel parcialmente dañada por la humedad, pero aún legible. Es una fotocopia de lo que parece ser un mapa topográfico con anotaciones manuscritas en inglés. La doctora Varga examina el documento con guantes de látex. Las anotaciones están escritas con una letra diferente a la de James Thompson, que conocen por su cuaderno de campo. Alguien más había estado involucrado en planificar esta expedición.
Las coordenadas marcadas en el mapa corresponden exactamente a la zona donde fue encontrado el campamento, pero también incluyen otras ubicaciones marcadas con símbolos que parecen indicar estructuras arqueológicas. James le dijo, “¿Quién le había dado este mapa?”, pregunta Margaret. Joaquín niega con la cabeza, pero su expresión sugiere que sabe más de lo que está dispuesto a revelar inmediatamente.
En las culturas mayas, la información se comparte de manera gradual, especialmente cuando involucra elementos que pueden ser considerados peligrosos o sagrados. Don Joaquín, interviene la doctora Varga con diplomacia cultural. Entendemos que hay aspectos de esta historia que pueden ser difíciles de platicar, pero la familia de James necesita entender qué pasó.
¿Había algo más sobre esta expedición que le preocupaba a usted? El anciano guía se queda en silencio durante largo tiempo, contemplando el río que ha sido el centro de su vida durante más de siete décadas. Finalmente habla en un español más fluido, como si hubiera tomado una decisión importante. El inglés no venía solo.
En Palenque, antes de llegar acá, se había juntado con alguien, un mexicano que sabía demasiado sobre lugares que no debería conocer. Esta revelación cambia completamente la narrativa que la familia y las autoridades habían construido sobre la desaparición de James. No había sido un turista aventurero tomando decisiones impulsivas. Había sido parte de algo más elaborado, una expedición planificada con información privilegiada sobre ubicaciones arqueológicas potencialmente significativas en la selva La Candona.
Margaret siente que el suelo se mueve bajo sus pies. Un mexicano. James nunca me platicó que hubiera conocido a alguien en Palenque. ¿Recuerdas su nombre? Joaquín niega con la cabeza, pero agrega, James le decía, el profesor decía que era arqueólogo, que conocía sitios que el gobierno no había registrado oficialmente.
La doctora Vargas toma notas meticulosas mientras procesa las implicaciones de esta información. En 1993, México estaba en medio de transformaciones importantes en su política arqueológica. El TLC, Tratado de Libre Comercio de América del Norte, había sido firmado y entraría en vigor en enero de 1994. Había presión internacional para catalogar y proteger sitios arqueológicos mexicanos, pero también existía un mercado negro activo para artefactos mayas.
La región de Chiapas, por su inestabilidad política creciente, era particularmente vulnerable a este tipo de actividades. Ese profesor le dio instrucciones específicas a James sobre qué buscar. Continúa la investigación. Joaquín asiente lentamente. No buscaba nomás ruinas, buscaba algo específico. Hablaba de cámaras selladas y códices sin registrar.
Palabras que yo no entendía entonces, pero que ahora sé que significan tesoros. La palabra tesoros cae como una bomba en la conversación. Margaret recuerda que James había mencionado vagamente la posibilidad de documentar descubrimientos arqueológicos significativos, pero nunca había hablado explícitamente de buscar objetos de valor.
Sin embargo, conocía a su hermano lo suficiente para saber que la promesa de encontrar algo verdaderamente excepcional habría sido irresistible para él. Joaquín continúa su relato. Los primeros tres días fueron normales. Visitamos Jack Chilán. Tomó muchas fotografías. Parecía turista común y corriente, pero el cuarto día, cuando debíamos regresar, me mostró el mapa con las coordenadas.
Quería ir hacia el sureste, hacia territorio que nosotros, hacia donde no vamos. El traductor explica que Joaquín se refiere a una zona de la selva La Candona que las comunidades locales evitan por razones que combinan aspectos prácticos y espirituales. Es un área donde la topografía se vuelve particularmente traicionera con cenotes ocultos, cuevas profundas y una vegetación tan densa que puede desorientar incluso a los guías más experimentados.
Pero también es considerada habitada por espíritus guardianes que protegen los secretos antiguos de la selva. Yo le expliqué los peligros, continúa Joaquín. No más peligros físicos, también otros peligros, pero el inglés era muy necio. Decía que el profesor le había asegurado que era seguro si seguía las coordenadas exactas, que había mapas de cuevas y túneles que hacían el acceso más fácil.
Esta información sobre mapas de cuevas y túneles es particularmente significativa. La región de la selva, La Candona, está construida sobre formaciones de piedra caliza que crean sistemas complejos de senotes y cavernas subterráneas. Muchas de estas formaciones fueron utilizadas por los antiguos mayas como lugares ceremoniales y en algunos casos como escondites para objetos valiosos durante las conquistas y conflictos posteriores.
La doctora Varga consulta sus propios mapas geológicos de la región. Las coordenadas donde fue encontrado el campamento de James están efectivamente cerca de una serie de cenotes y formaciones cavernosas que no habían sido completamente exploradas en 1993. Es posible que James hubiera estado buscando acceso a alguno de estos sistemas subterráneos.
El profesor le había dado a James equipo específico para exploración de cuevas. Pregunta la investigadora. Joaquín confirma. Cuerdas especiales, linternas muy potentes, equipo que yo no había visto antes y algo más, un detector de metales pequeño que llevaba escondido en su mochila. Un detector de metales confirma definitivamente que James no estaba en una misión puramente científica o fotográfica.
Estaba buscando objetos específicos, probablemente artefactos de metal que podrían incluir ornamentos de oro o cobre utilizados por los antiguos mayas. Esto coloca su expedición en una zona gris legal muy peligrosa, especialmente considerando las leyes mexicanas sobre patrimonio arqueológico. Margaret siente una mezcla de dolor y frustración.
Jimmy nunca me dijo nada sobre buscar tesoros. Pensé que estaba siguiendo su pasión por la arqueología y la fotografía. ¿Por qué me habría mentido? Joaquín, con la sabiduría de alguien que ha visto muchas tragedias humanas, responde gentilmente, “Los chavos a veces se emocionan con sueños grandes. Tal vez no era mentira para él. Tal vez creía que era aventura noble.
” La investigación se expande para incluir registros de hoteles en Palenque de octubre de 1993. Los archivos parcialmente preservados en los registros municipales muestran que James Thompson se había registrado en el Hotel Maya el 8 de octubre, 3 días antes de su llegada a frontera corosal.
Durante esos tres días había habido suficiente tiempo para múltiples reuniones con el misterioso profesor. El gerente actual del Hotel Maya, Carlos Domínguez, recuerda vagamente a su predecesor mencionando turistas que hacían negocios raros durante los años 90. En esa época, explica Carlos, Palenque era muy diferente.
Llegaban muchos extranjeros que no eran turistas normales. Algunos eran académicos legítimos, pero otros otros tenían intereses menos claros. La búsqueda del profesor se convierte en una investigación paralela. Los registros del Instituto Nacional de Antropología e Historia no muestran ningún proyecto arqueológico oficial en la selva La Candona durante octubre de 1993.
Sin embargo, los archivos de la universidad local revelan que un investigador independiente llamado Dr. Ricardo Mendoza había estado realizando estudios no autorizados en la región durante ese periodo. Dr. Ricardo Mendoza, según los registros académicos, era un arqueólogo egresado de la UNAM que había perdido su posición oficial después de controversias relacionadas con la venta no autorizada de artefactos arqueológicos.
En 1993 tenía 45 años y una reputación dudosa en círculos académicos, pero también un conocimiento excepcional de sitios mayas no catalogados oficialmente. Los investigadores logran rastrear a Ricardo Mendoza hasta una pequeña ciudad en el estado de Veracruz, donde vive retirado y trabajando como consultor para compañías turísticas. Cuando es contactado por teléfono, su reacción inicial es negativa.
No tengo nada que decir sobre expediciones de los años 90. Ese capítulo de mi vida está cerrado. Sin embargo, cuando se le informa que las investigaciones han encontrado evidencia física de actividades arqueológicas no autorizadas en la selva La Candona y que su cooperación podría ayudar a resolver la desaparición de un ciudadano británico.
acepta reunirse con los investigadores en territorio neutral, la ciudad de Villa Hermosa, Tabasco. La reunión se realiza el 28 de marzo del 2021 en presencia de autoridades federales mexicanas y un representante del consulado británico. Ricardo Mendoza, ahora de 73 años, llega nervioso, pero aparentemente dispuesto a colaborar.
Su primera declaración establece el tono de lo que será una confesión completa. Sí, conocí a James Thomson en Palenque y sí, le proporcioné información sobre sitios arqueológicos en la Lacandona, pero nunca me imaginé que sería lo suficientemente imprudente para aventurarse solo. Ricardo explica que había conocido a James en el bar del hotel Maya, donde el joven británico había iniciado conversación después de escuchar a Ricardo platicar teorías arqueológicas con otros huéspedes.
James era claramente inteligente y sabía muchísimo sobre cultura maya, recuerda Ricardo, pero también era ambicioso. Cuando le platiqué que conocía sitios no explorados, se obsesionó inmediatamente con la idea. La conversación había evolucionado durante los tres días que James pasó en Palenque.
Ricardo, quien en esa época estaba pasando por dificultades económicas, después de perder su posición académica, vio una oportunidad. Le propuse un arreglo. Admite. Él financiaría una expedición. Yo proporcionaría el conocimiento y los mapas y compartiríamos cualquier descubrimiento significativo. ¿Qué tipo de descubrimientos esperaban hacer?, pregunta la doctora Varga.
Ricardo suspira profundamente antes de responder. Existe una leyenda documentada en algunos códices coloniales sobre una cámara funeraria maya en esa región específica de la Candona. supuestamente contiene no solo objetos de oro, sino también códices mallas intactos que podrían revolucionar nuestra comprensión de su civilización.

Esta revelación explica la obsesión de James con continuar la expedición a pesar de las advertencias de Joaquín. No estaba simplemente buscando aventura o gloria personal. creía estar a punto de hacer uno de los descubrimientos arqueológicos más significativos del siglo XX. ¿Por qué no acompañó a James en la expedición? Continúa el interrogatorio.
Ricardo explica que había tenido problemas legales previos relacionados con actividades arqueológicas no autorizadas. Estaba en libertad condicional. No podía arriesgarme a que me agarraran en territorio federal. Le di todos los mapas y coordenadas, esperando que hiciera el reconocimiento inicial y regresara con información sobre la viabilidad del sitio.
El plan original era que James regresara a Palenque después de una semana con fotografías y datos preliminares. Luego, Ricardo habría organizado una expedición más grande y mejor equipada, posiblemente con permisos oficiales obtenidos a través de contactos en instituciones académicas.
Cuando no regresó después de dos semanas, admite Ricardo, supe que algo había salido terriblemente mal. “¿Por qué no contactó a las autoridades cuando James no regresó?”, pregunta Margaret con una mezcla de dolor e indignación. Ricardo baja la cabeza. Porque mi participación habría complicado la investigación. ¿Y por qué? Porque esperaba que apareciera eventualmente.
La lacandona es inmensa, pero la gente a veces sobrevive semanas perdida en la selva. La confesión de Ricardo Mendoza proporciona el contexto final para entender la tragedia de James Thompson. No había sido víctima de un accidente fortuito o de una decisión impulsiva. Había sido víctima de ambición mal dirigida, información incompleta y la subestimación fatal de los peligros reales de la selva La Candona.
Pero la historia de Ricardo también revela algo más, la presión económica y social que llevaba a investigadores mexicanos a buscar alternativas ilegales para financiar sus investigaciones. En los años 90, el financiamiento para arqueología era limitado y las tentaciones del mercado negro de artefactos eran significativas para académicos desesperados por continuar su trabajo.
La cámara funeraria que buscaban realmente existe? Pregunta la doctora Varga. Ricardo se encoge de hombros. Los códices coloniales mencionan su ubicación, pero la información es fragmentaria. Es posible que exista. Es posible que sea nás leyenda. James murió buscando algo que tal vez nunca existió.
Margaret Thompson escucha toda esta información con una mezcla de tristeza y resolución. Después de 28 años, finalmente comprende las circunstancias completas que llevaron a la muerte de su hermano. Jimmy siempre fue un soñador, dice finalmente, pero también era responsable. Si hubiera sabido los verdaderos peligros, nunca habría ido solo.
La investigación oficial concluye que James Thompson murió como resultado de complicaciones médicas, probablemente malaria o dengue, exacervadas por deshidratación y agotamiento, mientras participaba en una expedición arqueológica no autorizada en la selva La Candona. Su muerte no fue resultado de violencia o negligencia criminal, sino de una combinación fatal de ambición, información incompleta y subestimación de los peligros naturales.
Ricardo Mendoza enfrenta cargos menores relacionados con actividades arqueológicas no autorizadas, pero dado el tiempo transcurrido y su cooperación completa con la investigación, recibe una sentencia suspendida y servicio comunitario, educando a turistas sobre la importancia de respetar las leyes de patrimonio cultural mexicano.
Joaquín Morales es oficialmente exonerado de cualquier responsabilidad en la desaparición de James Thomson. Su decisión de regresar cuando James insistió en continuar solo es reconocida como prudente y profesional. El gobierno de Chiapas le otorga un reconocimiento por su cooperación con la investigación y su dedicación de toda una vida a proteger tanto a turistas como a la integridad de la selva La Candona.
Pero mientras las autoridades cierran oficialmente el caso, emergenas sobre la región donde James estableció su campamento final. Los mapas que Ricardo había proporcionado contenían información sorprendentemente precisa sobre formaciones geológicas y accesos a sistemas de cuevas. ¿De dónde había obtenido Ricardo información tan detallada sobre una zona supuestamente inexplorada? La respuesta a esta pregunta llevará la investigación hacia territorio aún más complejo, donde convergen la arqueología maya, las tradiciones indígenas, los conflictos políticos de los años 90 y secretos que la selva la Candona ha
guardado durante siglos. La muerte de James Thompson, que inicialmente parecía una tragedia aislada, comienza a revelar conexiones con una red más amplia de actividades clandestinas que transformaron la región durante una de las décadas más turbulentas de la historia moderna de Chiapas.
Margaret Thompson, armada ahora con un entendimiento completo de las circunstancias que llevaron a la muerte de su hermano, toma una decisión que sorprende a todos los involucrados en la investigación. Decide quedarse en México para explorar personalmente la región donde James pasó sus últimos días. Necesito ver con mis propios ojos el lugar donde murió, explica.
Y necesito entender qué era tan importante para él que valiera la pena arriesgar su vida. Margaret Thompson se encuentra parada en la misma formación rocosa donde su hermano James estableció su campamento final 28 años atrás. Es el 15 de abril del 2021, exactamente el día en que James habría cumplido 56 años.
La decisión de Margaret de quedarse en México y explorar personalmente la selva La Candona había sorprendido a todos, pero para ella era la única manera de encontrar la paz que había buscado durante casi tres décadas. La expedición que la acompaña es completamente diferente a la aventura solitaria. que James había emprendido en 1993. Margaret viaja con un equipo completo, Miguel Hernández como guía principal, la doctora Ana Lucía Vargas como investigadora forense, dos arqueólogos del INA, un equipo de comunicaciones y lo más significativo, don Carmelo Yuk, el anciano lacandón, que había insistido
en acompañar la expedición después de enterarse de sus intenciones. Su hermano vino acá buscando tesoros de los antiguos”, había explicado don Carmelo cuando se ofreció como guía espiritual. “Usted viene buscando paz para su corazón. La selva responde diferente a motivaciones diferentes.
A sus 78 años, don Carmelo es uno de los últimos guardianes de las tradiciones lacandones más antiguas y su presencia ha transformado la expedición de una búsqueda científica en algo más profundo, un ritual de reconciliación entre la ambición humana y la sabiduría ancestral. El campamento que han establecido está a apenas 200 m del lugar donde James pasó sus últimos días.
La tecnología moderna ha hecho posible mantener comunicación constante con el exterior, sistemas de purificación de agua y equipos médicos que podrían haber salvado la vida de James si hubieran estado disponibles en 1993. Pero paradójicamente, la proximidad a los últimos momentos de su hermano hace que Margaret se sienta más cerca de él que en cualquier momento desde su desaparición.
“Aquí dormía James la última noche”, dice Miguel señalando una depresión natural en la roca que había sido parcialmente cubierta por las raíces que crecieron durante décadas. Margaret pone su mano sobre la piedra tratando de imaginar los pensamientos y sentimientos de su hermano en esos momentos finales. El cuaderno de campo había documentado sus últimas palabras escritas, pero ella busca algo más, una conexión emocional con la experiencia que él había vivido.
La expedición científica oficial tiene objetivos específicos. Los arqueólogos del INA, Dr. Roberto Sánchez y doctora Patricia Molina están investigando la validez de las afirmaciones de Ricardo Mendoza sobre la existencia de sitios arqueológicos significativos en la región. Los mapas que Ricardo había proporcionado a James contenían información sorprendentemente precisa sobre formaciones geológicas, pero también incluían marcas que sugerían estructuras artificiales que nunca habían sido documentadas oficialmente. “Si existe una cámara funeraria en esta
región”, explica el doctor Sánchez mientras examina los mapas con instrumentos de geolocalización. modernos sería uno de los descubrimientos más importantes de las últimas décadas. Los códices coloniales que mencionaba Ricardo efectivamente existen y hacen referencia a un sitio ceremonial importante que fue deliberadamente ocultado durante la conquista española.
La búsqueda comienza con tecnología que James nunca tuvo disponible. georadar de penetración terrestre, drones con cámaras infrarrojas y sistemas de mapeo tridimensional que pueden detectar cavidades subterráneas. En cuestión de horas, los equipos confirman lo que los mapas de Ricardo habían sugerido.
Existe efectivamente un sistema complejo de cuevas naturales y túneles artificiales aproximadamente a 1 km al sureste del campamento de James. Las lecturas de georradar muestran cavidades que definitivamente han sido modificadas por actividad humana, informa la doctora Molina.
Hay evidencia de construcción de muros, escalones tallados en roca y lo que parecen ser cámaras selladas. La emoción en su voz es palpable, pero Margaret siente una mezcla compleja de validación y tristeza. James había estado tan cerca de su objetivo que la ironía de su muerte se vuelve aún más dolorosa. Don Carmelo escucha estas revelaciones con una expresión inescrutable.
Cuando los arqueólogos terminan su presentación técnica, el anciano Lacandón habla en voz bajita. Nosotros siempre supimos que estaba ahí. Nuestros abuelos nos dijeron que no debíamos ir, no porque fuera peligroso para nuestros cuerpos, sino porque era peligroso para nuestro equilibrio con la selva. Esta declaración revela una dimensión completamente nueva de la historia.
Las comunidades lacandones no solo conocían la existencia del sitio arqueológico, habían tomado la decisión consciente de mantenerlo secreto y protegido. El conocimiento que Ricardo Mendoza había obtenido y transmitido a James no había surgido de investigación académica, sino de violaciones de confianza cultural que habían puesto en riesgo tanto vidas humanas como patrimonio sagrado.
¿Cómo obtuvo Ricardo información sobre este lugar? Pregunta Margaret. Don Carmelo explica que en los años 80 y principios de los 90, algunos miembros jóvenes de la comunidad La Candona habían sido empleados como trabajadores en expediciones arqueológicas oficiales y no oficiales. La presión económica y la promesa de pagos significativos habían llevado a algunos a compartir información tradicional que se suponía debía mantenerse dentro de la comunidad.
Ricardo no era malo”, continúa don Carmelo, pero no entendía que algunos conocimientos tienen responsabilidades. Su hermano tampoco entendía. Vino buscando gloria, pero la selva no da gloria. La selva da sabiduría a quien la respeta y muerte a quien la falta al respeto.
La expedición hacia el sistema de cuevas se realiza con ceremonia y respeto. Don Carmelo insiste en realizar un ritual tradicional antes de entrar, quemando copal y ofreciendo oraciones en chol a los espíritus guardianes del lugar. Si vamos a perturbar el sueño de los antiguos, explica, debemos pedir permiso y prometer que actuaremos con honor.
Margaret participa en la ceremonia con una solemnidad que la sorprende incluso a ella misma. Durante 28 años había sido una mujer práctica, enfocada en hechos y evidencias. Pero estar en el lugar donde murió su hermano, rodeada por la inmensidad de la selva La Candona, le ha enseñado que hay formas de conocimiento que van más allá de lo científico y lo racional.
La entrada al sistema de cuevas está oculta detrás de una cascada estacional que en abril mantiene apenas un hilo de agua. Los túneles son claramente una combinación de formaciones naturales de piedra caliza y modificaciones humanas antiguas. Las paredes muestran evidencia de herramientas de piedra y técnicas de construcción características del periodo clásico maya, aproximadamente entre 600 y 900 de de Cristo.
Esto es extraordinario, susurra la docurta molina mientras documenta jeroglíficos tallados en las paredes que no han sido vistos por ojos humanos durante siglos. Estos glifos narran la historia de una dinastía maya que gobernó esta región específica. Es información completamente nueva para la arqueología mesoamericana.
Conforme avanzan más profundo en el sistema de túneles, encuentran evidencia de que el sitio había sido utilizado no solo como centro ceremonial, sino también como refugio durante periodos de conflicto. Fragmentos de cerámica, herramientas de obsidiana y restos de fogatas sugieren que el lugar había sido habitado esporádicamente durante varios siglos.
Es posible que algunos mayas se hubieran refugiado aquí durante la conquista española. Pregunta Margaret. El doctor Sánchez confirma que la evidencia arqueológica es consistente con esa teoría. Muchos grupos mayas utilizaron sistemas de cuevas como este para preservar objetos sagrados y mantener tradiciones religiosas durante los primeros siglos de dominación colonial.
La cámara principal del complejo se encuentra al final de un túnel que desciende aproximadamente 30 met bajo tierra. Cuando los poderosos focos LED iluminan el espacio, el silencio del grupo es absoluto. La cámara es una construcción híbrida que combina una caverna natural con arquitectura maya sofisticada.
Las paredes están cubiertas de murales que representan escenas de la cosmología maya y en el centro de la cámara hay una estructura de piedra que claramente funcionó como altar ceremonial, pero lo más impresionante son los nichos tallados en las paredes, cada uno sellado con losas piedra grabadas con glifos de protección. Don Carmelo se acerca a los nichos con reverencia, pero también con una tristeza profunda.
Aquí están los códices dice. Aquí está el conocimiento que nuestros ancestros salvaron de la destrucción española y aquí es donde debería haber permanecido. Los arqueólogos confirman que varios de los nichos contienen efectivamente códices mayas en condiciones de preservación extraordinarias.
Las condiciones específicas de humedad y temperatura en la Cámara Subterránea han actuado como un sistema de conservación natural durante más de 500 años. Es un descubrimiento que podría revolucionar la comprensión de la civilización maya prehispánica. James habría estado eufórico dice Margaret con lágrimas en los ojos.
Este era exactamente el tipo de descubrimiento que había soñado toda su vida. Pero inmediatamente después, una pregunta más compleja surge en su mente. ¿Habría sido correcto que James encontrara este lugar? Don Carmelo responde con una sabiduría que refleja siglos de experiencia indígena. Su hermano tenía buenas intenciones, pero intenciones no son suficientes.
Este lugar no es tesoro para llevarse, es responsabilidad para cargar. Los códices no son para vender o exhibir, son para preservar y proteger para futuras generaciones. La expedición pasa 3 días documentando completamente el sitio con el protocolo más riguroso posible. Cada glifo es fotografiado y digitalmente preservado.
Cada artefacto es catalogado en su ubicación original y los códices son examinados usando técnicas no invasivas que permiten leer su contenido sin dañar los materiales antiguos. Los códices revelan información extraordinaria sobre la historia de la región durante los siglos inmediatamente anteriores y posteriores a la conquista española.
documentan alianzas políticas entre grupos mayas, conocimiento astronómico avanzado y lo más significativo, profecías sobre el futuro de la selva y sus habitantes que resultan inquietantemente precisas, considerando los eventos del siglo XX. Uno de los códices, informa la doctora Molina, después de horas de traducción preliminar, predice específicamente que hombres de tierras lejanas vendrán buscando tesoros dorados, pero encontrarán solo muerte verde.
Es como si hubieran previsto exactamente lo que le pasó a James. Margaret siente un escalofrío que va más allá de la temperatura fresca de la caverna. La precisión de esa profecía escrita siglos antes del nacimiento de su hermano sugiere una comprensión de los patrones humanos que trasciende el conocimiento ordinario. ¿Hay más profecías sobre el futuro de esta región? Pregunta don Carmelo.
Traduce directamente desde uno de los códices. Dice que vendrá un tiempo cuando los hijos de la selva se levantarán contra los opresores y que la sangre de los justos fertilizará una nueva era de autonomía para los pueblos originales. Margaret y los investigadores intercambian miradas significativas. Esa profecía describe con precisión el levantamiento zapatista que comenzó apenas tres meses después de la desaparición de James.
La conexión entre el sitio arqueológico y los eventos políticos de los años 90 se vuelve aún más clara cuando don Carmelo revela información que había mantenido en secreto durante décadas. Algunos de nuestros chavos que se unieron al movimiento zapatista sabían de este lugar. Explica. Venían acá a buscar fuerza espiritual antes de las batallas.
Los códices les daban esperanza de que su lucha estaba destinada a tener éxito. Esta revelación transforma completamente la comprensión del contexto en el que James Thompson había desaparecido. No había estado explorando simplemente una región remota en busca de tesoros arqueológicos. había estado inadvertidamente entrando en territorio que estaba a punto de convertirse en el epicentro de uno de los movimientos de resistencia indígena más significativos de la historia moderna de América Latina.
Es por eso que Joaquín y otros guías locales se mostraron tan reacios a explorar esta zona en 1993, pregunta Margaret. Don Carmelo asiente. Sabían que se acercaban tiempos difíciles. No querían que extranjeros se metieran en lugares sagrados justo cuando íbamos a necesitar toda la protección espiritual posible. La expedición de Margaret ha logrado más que simplemente encontrar respuestas sobre la muerte de su hermano.
Ha documentado uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de las últimas décadas. Pero también ha revelado las conexiones complejas entre patrimonio cultural, resistencia política y la relación entre comunidades indígenas y el mundo exterior. El último día en la selva La Candona, Margaret realiza un ritual personal en el lugar donde James había establecido su campamento final.
Con la supervisión de don Carmelo, entierra una fotografía de James junto con una carta que había escrito explicándole todo lo que había aprendido sobre las circunstancias de su muerte y los descubrimientos que su búsqueda había inspirado eventualmente. Jimmy escribe en la carta, encontraste lo que buscabas, no más que no de la manera que esperabas.
Los tesoros estaban aquí. Pero no eran para llevarse, eran para proteger. Tu muerte no fue en vano. Si ayuda a otros a entender que algunos conocimientos vienen con responsabilidades que van más allá del deseo individual de descubrimiento. Don Carmelo supervisa el entierro de la carta y luego realiza una ceremonia final de liberación.
Su hermano ya no está perdido en la selva, le dice a Margaret. Su espíritu ha encontrado su camino y usted ha encontrado la paz que vino a buscar. La expedición regresa a Frontera Corosal con un acuerdo sin precedentes entre las instituciones arqueológicas mexicanas y la comunidad Lacandona. El sitio será protegido como patrimonio cultural bajo administración conjunta con los lacandones manteniendo autoridad espiritual y las instituciones académicas proporcionando recursos para preservación y estudio responsable. Los códices permanecerán en su ubicación
original, pero serán digitalmente preservados y estudiados con métodos no invasivos. El conocimiento que contienen será compartido con comunidades mayas de toda Mesoamérica, cumpliendo su función original como repositorio de sabiduría cultural para futuras generaciones.
Margaret Thompson regresa a Londres transformada por su experiencia. Establece una fundación en memoria de James, que financia investigación arqueológica ética en colaboración con comunidades indígenas. Su objetivo es asegurar que futuros descubrimientos se realicen con el respeto y la responsabilidad que James había carecido, pero que su muerte había enseñado a otros.
James siempre quiso que su vida tuviera significado, explica Margaret en la primera conferencia de la fundación. Su muerte nos enseñó que el verdadero tesoro no está en lo que podemos llevarnos de lugares sagrados, sino en lo que podemos aprender sobre nosotros mismos cuando los respetamos. 5 años después del descubrimiento del campamento de James Thompson, la región de la selva La Candona, donde había muerto, se ha convertido en un modelo internacional de conservación cultural y ambiental colaborativa.
El sitio arqueológico es visitado por investigadores de todo el mundo, pero bajo protocolos estrictos que respetan tanto la integridad científica como las tradiciones espirituales lacandones. Joaquín Morales, el guía que había acompañado a James durante sus primeros días en la selva, se convierte en el director del programa de turismo cultural responsable en la región.
A los 78 años usa su experiencia para educar a nuevas generaciones de visitantes sobre la importancia de acercarse a la selva La Candona con humildad y respeto. “Cada año vienen chavos como el inglés”, explica Joaquín a grupos de turistas llenos de energía y ambición. Mi trabajo es ayudarlos a entender que la selva no es enemiga ni tesoro.
La selva es maestra. Enseña a quien está dispuesto a aprender, pero castiga a quien cree que puede dominarla. Ricardo Mendoza, el arqueólogo que había proporcionado los mapas fatales a James, dedica sus últimos años a trabajar con la fundación de Margaret en proyectos de educación cultural.
Su experiencia se convierte en una advertencia viva sobre las consecuencias de buscar beneficio personal en lugar de contribuir al conocimiento colectivo. James Thompson murió por mis errores tanto como por los suyos. Admite Ricardo en entrevistas documentales. Yo le di información peligrosa sin la preparación cultural necesaria. Su muerte me enseñó que el conocimiento sin sabiduría es una forma de violencia.
La historia de James Thompson se convierte en una leyenda moderna en la selva La Candona, pero no como una historia de aventura heroica, sino como una parábola sobre la importancia de equilibrar la ambición personal con el respeto por las tradiciones ancestrales y los límites naturales.
Don Carmelo Yuk, ahora de 83 años, continúa sirviendo como guardián espiritual del sitio arqueológico donde James había buscado su gloria final. En entrevistas ocasionales reflexiona sobre las lecciones que la experiencia ha enseñado a todas las comunidades involucradas.
Los antiguos sabían que algunos conocimientos son peligrosos si no se manejan correctamente, explica don Carmelo. No porque el conocimiento mismo sea malo, sino porque puede hacer que las personas olviden su lugar en el orden natural. El inglés era buena persona, pero olvidó que era visitante, no dueño de los secretos de la selva.
Margaret Thompson visita la selva La Candona cada año en el aniversario de la muerte de su hermano. Estas visitas ya no son peregrinajes de dolor, sino celebraciones de la transformación positiva que la tragedia de James eventualmente había inspirado. La región que había tomado la vida de su hermano se había convertido en un símbolo de cooperación intercultural y conservación responsable.
En su último testamento, Margaret especifica que después de su muerte quiere que sus cenizas sean esparcidas en la selva La Candona, cerca del lugar donde James había establecido su campamento final. Quiero que mi historia termine donde la de Jimmy comenzó. escribe no como invasora, sino como parte del ciclo eterno que la selva representa.
La selva La Candona continúa siendo uno de los ecosistemas más complejos y misteriosos del mundo. Los secretos que guarda trascienden los tesoros arqueológicos o las ambiciones humanas individuales. Es un recordatorio viviente de que la verdadera sabiduría viene no de conquistar la naturaleza, sino de encontrar nuestro lugar humilde dentro de sus ritmos ancestrales.
James Alexander Thompson nunca encontró los tesoros dorados que buscaba en octubre de 1993, pero su búsqueda y la búsqueda posterior de respuestas sobre su destino revelaron tesoros más profundos. la importancia de la humildad, el valor de la cooperación intercultural y la comprensión de que algunos de los descubrimientos más significativos de la vida no son objetos que podemos poseer, sino lecciones que nos transforman para siempre.
La selva inmutable y eterna sigue guardando sus secretos, pero ahora los comparte solo con aquellos que se acercan con el respeto y la paciencia que James Thompson en su juventud y ambición no había comprendido que necesitaba. Su historia se convierte así no en una tragedia sin sentido, sino en una enseñanza sobre la sabiduría que viene del reconocimiento de nuestras limitaciones humanas frente a la inmensidad del mundo natural. M.
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