La nieve caía con suavidad sobre Milbrook aquella tarde de enero, cubriendo las calles con un manto blanco que amortiguaba los sonidos del pequeño pueblo de Connecticut. Thomas Brenan observaba los copos a través de la ventana de su salón mientras sostenía una taza de café humeante entre sus manos.
A sus 52 años, la rutina se había convertido en su aliada más fiel: despertar a las 6, trabajar en su oficina improvisada, visitar ocasionalmente a clientes para solucionar problemas informáticos y regresar a la soledad de su casa victoriana antes del anochecer. Otro día perfecto”, murmuró para sí mismo mientras sus dedos acariciaban distraídamente el borde de la taza.
La casa heredada de sus padres se alzaba majestuosa en Elm Street con sus dos plantas y el desván que había convertido en dormitorio. Sus vecinos la consideraban una de las más hermosas del vecindario, con su fachada de madera pintada en un tono azul pálido y sus elaborados detalles ornamentales característicos del estilo victoriano.
El móvil de Thomas vibró sobre la mesa. Era un mensaje de la escuela primaria local. Señor Brenan, ¿podría venir mañana a revisar los ordenadores de la biblioteca? Han vuelto a dar problemas. Gracias por su ayuda continua, directora Simons.
Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras tecleaba una respuesta afirmativa. La escuela primaria de Milbrook era uno de sus lugares favoritos. Allí todos lo recibían con gratitud, especialmente los niños, siempre curiosos y ansiosos por aprender sobre computadoras. Thomas había construido meticulosamente su reputación en Milbrook durante los últimos 12 años. Un ciudadano ejemplar, siempre dispuesto a ayudar, siempre presente en los eventos comunitarios.

La confianza se gana lentamente, pensó mientras se levantaba para lavar la taza en el fregadero. Fue entonces cuando escuchó el sonido, un goteo persistente, casi imperceptible, que provenía del sótano. Thomas frunció el ceño. El sótano era su santuario, el lugar donde guardaba sus posesiones más preciadas. Bajó las escaleras, encendiendo las luces a medida que descendía.
El ambiente cambió instantáneamente de la calidez del salón a la frialdad húmeda de un espacio subterráneo. El sótano estaba dividido en dos áreas principales, una zona de almacenamiento general y separada por una puerta robusta con una cerradura reforzada, lo que él llamaba su sala de trofeos. El sonido del agua se intensificó mientras se acercaba a la esquina noreste del sótano.
Una mancha oscura se extendía por el techo y gotas de agua caían rítmicamente sobre el suelo de cemento. Thomas sintió que su corazón se aceleraba. La mancha estaba a menos de 2 m de su sala especial. sea”, masculló entre dientes sacando su teléfono del bolsillo. Buscó en sus contactos hasta encontrar servicios de fontanería Chen.
Marcus Chen era relativamente nuevo en el pueblo, pero su reputación como fontanero eficiente se había extendido rápidamente. Thomas dudó un momento antes de llamar. No le gustaba que extraños entraran en su casa, especialmente cerca de su sala. privada, pero la alternativa era peor. Un daño por agua podría arruinar todo lo que había coleccionado tan meticulosamente.
Servicios de fontanería, Chen. Respondió una voz al otro lado de la línea. Sí. Hola, soy Thomas Brenan de 457 Elm Street. Tengo una fuga en el sótano. Parece grave. Entiendo, señor Brenan. Con este clima frío estamos teniendo muchas llamadas por tuberías congeladas. Puedo pasar mañana por la tarde. Necesito que sea hoy. Interrumpió Thomas, su voz más firme de lo que pretendía.
Pagaré extra por el servicio de emergencia. Hubo una pausa al otro lado de la línea. Comprendo. Puedo estar allí en aproximadamente una hora. ¿Le parece bien? Perfecto. Gracias. Thomas colgó y miró hacia la puerta cerrada de su sala especial. Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y abrió los tres cerrojos que la protegían.

Al entrar encendió la luz. Las paredes estaban cubiertas de estanterías meticulosamente organizadas. Fotografías enmarcadas, ropa pequeña cuidadosamente doblada, mochilas escolares, diarios, juguetes, zapatos, cada objeto etiquetado y fechado con precisión.
Se acercó a una de las estanterías y tomó un pequeño oso de peluche marrón desgastado por el uso. Emily Sullivan, 7 años 2018, decía la etiqueta adherida a su pie. Tomás lo sostuvo un momento contra su pecho, inhalando el leve aroma que aún conservaba antes de devolverlo a su lugar exacto. Recorrió la habitación, asegurándose de que todo estuviera en orden.
Luego, con meticulosa precisión, comenzó a trasladar algunos de los objetos más significativos a una caja fuerte oculta detrás de un panel en la pared del fondo. no podía arriesgarse a que el fontanero necesitara acceder a esta parte del sótano. Mientras trabajaba, su mente divagaba hacia su próxima visita a la escuela primaria. La pequeña Jenny Matthews había mostrado especial interés en las computadoras durante su última visita.
Era una niña brillante, con ojos curiosos y una trenza rubia que siempre llevaba atada con un listón azul. Quizás podría ofrecerse a darle clases particulares. Sus padres seguramente estarían encantados. Después de todo, él era Thomas Brenan, el técnico informático de confianza de Milbrook. El timbre de la puerta lo sacó de sus pensamientos. Miró su reloj. Apenas había pasado media hora desde la llamada.
Chen había llegado antes de lo previsto. Thomas dio un último vistazo a la habitación, apagó la luz y cerró la puerta, asegurándose de que los tres cerrojos quedaran bien puestos. Cuando abrió la puerta principal, se encontró con un hombre asiático de unos 30 años con una gorra de los Yankees y un abrigo grueso. Señor Brenan, soy Marcus Chen.

Se presentó el hombre extendiendo su mano enguantada. Terminé un trabajo cercano antes de lo esperado, y pensé en venir directamente. Espero que no le importe. Thomas estrechó su mano, notando la firmeza de su apretón. En absoluto. La fuga está en el sótano. Por aquí, por favor.
Mientras guiaba a Marcus hacia las escaleras del sótano, Thomas sentía una inquietud creciente. Tenía que mantener al fontanero alejado de su sala especial. tenía que proteger sus trofeos a toda costa. Lo que Thomas no sabía era que aquel día de nieve en Milbrook, Connecticut, marcaría el principio del fin de su cuidadosamente construida fachada.
Marcus Chen descendió por las escaleras del sótano con su caja de herramientas, siguiendo a tomas que iluminaba el camino. El ambiente se tornaba más frío y húmedo a medida que bajaban. El fontanero silvó suavemente al ver la mancha de humedad en el techo. Esto no se ve nada bien, señor Brenan. Probablemente una tubería congelada que ha reventado con el deselo parcial de hoy.
Thomas se mantuvo a una distancia calculada, observando cada movimiento de Chen mientras el técnico examinaba el área afectada. “¿Puede arreglarlo hoy mismo?”, preguntó sus ojos desviándose ocasionalmente hacia la puerta cerrada de su sala de trofeos. Dependerá de la gravedad del daño respondió Marcus colocando un cubo bajo el goteo constante. Necesitaré revisar el alcance de la fuga. La tubería principal pasa por esta zona.
Thomas asintió tensamente. Sí, creo que sí. No soy muy conocedor de la fontanería. Marcus sacó una pequeña escalera plegable de su caja de herramientas y la colocó bajo la mancha. Subió y con una linterna examinó el techo. Voy a necesitar abrir parte del techo para localizar exactamente la fuga, explicó bajando de la escalera. Le parece bien.
Haga lo que sea necesario, dijo Thomas cruzando los brazos sobre el pecho. Pero preferiría que se limitara a esta área. El resto del sótano contiene objetos personales valiosos. Marcus asintió comprensivamente. No se preocupe, señor Brenan. Seré cuidadoso. Mientras el fontanero comenzaba a trabajar, Thomas se debatía entre quedarse para vigilar o subir a prepararse para su visita del día siguiente a la escuela.

decidió que no podía parecer demasiado ansioso o protector. Eso podría levantar sospechas. “Voy a estar arriba preparando algunos materiales para mi trabajo”, dijo finalmente. “Si necesita algo, solo llámeme.” “Entendido”, respondió Marcus, ya concentrado en retirar un panel del techo. Thomas subió lentamente las escaleras, lanzando una última mirada hacia su sala especial antes de desaparecer. en el piso superior.
En su estudio encendió el ordenador y abrió una carpeta titulada Escuela primaria de Milbrook. Dentro había numerosos archivos organizados meticulosamente. Hizo clic en uno etiquetado como alumnos 2024-2025 y comenzó a desplazarse por las fotografías de los niños que había tomado discretamente durante sus visitas anteriores. Se detuvo en la imagen de Jenny Matthews.
Su sonrisa inocente, esos ojos brillantes. Thomas sintió el familiar hormigueo en sus dedos. Sería una adición perfecta a su colección. Un ruido fuerte desde el sótano interrumpió sus pensamientos, cerró rápidamente la carpeta y se dirigió hacia las escaleras. ¿Todo bien ahí abajo? Gritó desde lo alto.
Sí, disculpe el ruido respondió Marcus. Solo estoy retirando más paneles para evaluar el daño. Es peor de lo que pensaba. Thomas descendió nuevamente al sótano y encontró a Marcus trabajando ya no en la esquina original. sino más cerca de la puerta prohibida. Sintió que su pulso se aceleraba.
¿Por qué se ha movido hacia esa zona? Preguntó intentando mantener la calma en su voz. Marcus señaló el techo abierto. La tubería dañada corre en esta dirección. El agua ha estado filtrándose a lo largo de todo este tramo”, explicó mostrando con su linterna las marcas de humedad. Me temo que también puede haber afectado a esa pared. Thomas siguió la dirección de la luz hasta ver que apuntaba directamente hacia la pared donde se encontraba su sala especial.

Una fina línea de humedad descendía por el muro hasta la puerta. Eso no es posible, dijo con voz tensa. Esa área está aislada. No debería haber problemas ahí. Marcus lo miró con curiosidad profesional. El agua no entiende de límites, señor Brenan. Si la tubería está dañada en todo este tramo, la humedad habrá afectado también esa zona.
¿Qué hay detrás de esa puerta? Podría necesitar revisar. Sí. No, interrumpió Thomas con firmeza. Esa habitación no está incluida en el servicio. Concéntrese en arreglar la tubería, por favor. El fontanero lo miró con ligera sorpresa ante la brusquedad, pero asintió. como usted diga. Pero le recomendaría que al menos verifique esa habitación por su cuenta.
Si hay objetos de valor, la humedad podría dañarlos. Thomas asintió secamente y regresó a la escalera. Avíseme cuando termine con la tubería. En su dormitorio, Thomas se sentó al borde de la cama, su mente acelerada. Tendría que revisar su sala después de que Chen se marchara.
Si la humedad había penetrado, algunos de sus preciados trofeos podrían estar en peligro. La idea le provocó una sensación de vacío en el estómago. Pasaron casi dos horas antes de que escuchara a Marcus llamarlo. Bajó para encontrar al fontanero limpiando sus herramientas. “He reemplazado la sección dañada de la tubería”, explicó.
Era un tramo bastante largo, afectado por el frío extremo de esta semana. Le sugiero que mantenga una temperatura mínima constante en la casa para evitar que vuelva a ocurrir. Thomas asintió distraídamente sus ojos, evaluando la extensión del trabajo. Chen había tenido que abrir casi un metro de techo peligrosamente cerca de su sala especial. ¿Cuánto le debo?, preguntó sacando su billetera.
Mientras Marcus calculaba el costo del servicio, Thomas notó que el fontanero lanzaba miradas curiosas hacia la puerta cerrada. Algo en su expresión no le gustó. “Son 320, incluyendo el recargo por emergencia”, dijo finalmente Marcus. “Le daré una factura detallada por email. Thomas le entregó cuatro billetes de $100. Quédese con el cambio.

Gracias por venir tan rápido. Marcus recogió sus herramientas y comenzó a subir las escaleras. Thomas lo siguió de cerca, ansioso por verlo salir de su casa. En la puerta principal, el fontanero se detuvo. Señor Brenan, no es asunto mío, pero debería revisar esa habitación del sótano lo antes posible.
La humedad puede causar mo y afectar la estructura. Si quiere puedo regresar mañana para No será necesario, cortó Thomas. Me ocuparé de ello. Gracias nuevamente. Cuando la puerta se cerró tras Marcus Chen, Thomas permaneció inmóvil durante varios minutos, escuchando el motor del vehículo alejarse.
Luego bajó rápidamente al sótano, directo hacia su sala especial. Con manos ligeramente temblorosas, abrió los tres cerrojos y encendió la luz. La visión le provocó un jadeo involuntario. Una mancha oscura descendía por la pared del fondo, justo donde guardaba las pertenencias de sus favoritos.
Se acercó rápidamente y vio que la humedad había alcanzado la estantería donde guardaba el diario de Michael Foster, un niño de 9 años de Hardford que había desaparecido durante un campamento de verano 3 años atrás. El cuaderno estaba húmedo, la tinta de algunas páginas comenzaba a correrse. Thomas lo tomó con delicadeza, como si fuera un objeto sagrado profanado.
No, no, no murmuró pasando las páginas con desesperación. Mientras inspeccionaba el daño, su mente trabajaba a toda velocidad. Tendría que secar los objetos afectados. Quizás debería trasladar temporalmente los trofeos más valiosos a un lugar más seguro. Y luego estaba ese fontanero Marcus Chen.
Algo en su mirada final no había sido normal. ¿Habría notado algo extraño? ¿Habría visto algo a través de la puerta cuando Thomas la abrió para verificar la sala? Thomas colocó cuidadosamente el diario sobre una toalla limpia. Luego se acercó a la pared para evaluar el alcance del daño. Fue entonces cuando notó algo perturbador.
El panel que ocultaba su caja fuerte secreta estaba ligeramente desalineado. Con el corazón latiendo violentamente en su pecho, movió el panel. La caja fuerte estaba cerrada, tal como la había dejado, pero en el suelo, junto a ella había una pequeña huella húmeda, una huella que no había estado allí antes.

Alguien había estado en su sala de trofeos mientras él no miraba. La noche transcurrió lentamente para Thomas. Cada crujido de la vieja casa victoriana lo sobresaltaba. Cada sombra proyectada por la luz de la luna a través de las ventanas le parecía una amenaza. Pasó horas en su sala de trofeos evaluando meticulosamente cada objeto dañado por la humedad y colocando deshumidificadores estratégicamente.
Pero más allá de la preocupación por sus posesiones, una inquietud mayor dominaba sus pensamientos. Marcus Chen habría visto algo, habría reconocido alguno de los objetos. Thomas repasó mentalmente su interacción con el fontanero. No recordaba haber dejado la puerta abierta en ningún momento, pero esa huella alguien había entrado en su santuario privado.
A las 5 de la mañana, exhausto pero incapaz de dormir, Thomas encendió su computadora y buscó Marcus Chen Milbrook Connecticut en el navegador. Necesitaba saber más sobre el hombre que potencialmente podría destruir todo lo que había construido. Los resultados mostraron un sitio web básico para servicios de fontanería Chen, y algunas reseñas positivas en páginas locales. Nada fuera de lo común.
Siguió buscando hasta encontrar un artículo del Milbrook Gazette de hacía 8 meses. Nuevo negocio local. Fontanero expicía ofrece servicios de emergencia. La fotografía mostraba a Marcus Chen sonriente frente a su furgoneta de trabajo. Thomas sintió que la sangre abandonaba su rostro. Expicía.
El artículo mencionaba que Chen había trabajado 5 años en el Departamento de Policía de Boston, en la unidad de crímenes contra menores, antes de cambiar de carrera y mudarse a Milbrook con su familia. “Maldita sea”, masculló Thomas cerrando el navegador con violencia. No era una coincidencia, no podía serlo. Un expicía de la unidad de crímenes contra menores. Se había visto algo en la sala de trofeos, si había reconocido algún objeto.
Thomas respiró profundamente, intentando calmar su mente acelerada. Necesitaba pensar con claridad. A las 7 en punto, su teléfono sonó. Era un mensaje de la directora Simons, recordándole su visita a la escuela esa mañana. Tomás contempló la posibilidad de cancelar, pero eso podría parecer sospechoso si Chen ya había contactado a la policía. No debía mantener la normalidad a toda costa.
Se duchó y vistió con su habitual pulcritud. Camisa azul claro, pantalones kaki, suéter beige. El atuendo perfecto para un técnico informático respetable. Antes de salir, pasó por el sótano una vez más. La sala de trofeos parecía igual que cuando la dejó unas horas antes. Los deshumidificadores zumbaban suavemente.

Lo más se detuvo frente a una de las estanterías y tomó una pequeña pulsera tejida con hilos coloridos. Jessica Rivera, 8 años, 2019, decía la etiqueta. acarició los hilos gastados con la yema de sus dedos, recordando cómo la había conseguido durante un picnic escolar. La niña había confiado tanto en él, el amable técnico informático, que siempre traía caramelos.
“Tendré que protegerte”, susurró a la pulsera, “A ti y a todos los demás.” Al salir de casa, Thomas notó algo inusual. Una camioneta gris estacionada dos casas más abajo no reconocía el vehículo ybrook era lo suficientemente pequeño como para conocer los automóviles de la mayoría de sus vecinos. Intentó ver quién estaba dentro, pero las ventanas tintadas lo impidieron.
Durante el trayecto a la escuela, Thomas comprobó repetidamente su espejo retrovisor. Lo estaban siguiendo. La paranoia comenzaba a nublar su juicio. Necesitaba calmarse, actuar con normalidad en la escuela y luego decidir qué hacer con Chen. La escuela primaria de Milbrook era un edificio de ladrillo rojo de dos plantas, rodeado de un amplio patio de recreo, ahora cubierto de nieve.
El conserje Phil lo saludó con la mano mientras Thomas estacionaba en el lugar reservado para visitantes. “Buenos días, Tom. Mal tiempo para problemas de fontanería, ¿eh?”, comentó Phil mientras se cruzaban en la entrada. Thomas se detuvo en seco. “¿Cómo sabes que tuve problemas de fontanería?” Phil se encogió de hombros. “Me encontré con Marcus Chen en el café esta mañana. Mencionó que estuvo en tu casa ayer.
Dijo que tenías un desastre. importante en el sótano. El pánico se instaló como un peso frío en el estómago de Thomas. Chen estaba hablando sobre su visita. ¿Qué más había dicho? Ah, sí, respondió forzando una sonrisa. Nada grave, afortunadamente. Marcus también mencionó algo sobre una habitación cerrada.
Continuó Phil casualmente. Dijo que parecías muy protector con ella. Guardas tu colección de sellos ahí o algo así. Thomas mantuvo su expresión neutral a pesar del terror que lo invadía, solo algunos recuerdos familiares, nada interesante. Se despidió de Phil y caminó hacia la oficina de la directora, su mente procesando esta nueva información.

Chen no solo había notado la habitación, estaba hablando de ella, estaba haciendo preguntas. La directora Simmons lo recibió con su habitual entusiasmo. Thomas escuchó distraídamente mientras ella explicaba los problemas con los ordenadores de la biblioteca, asintiendo en los momentos apropiados.
Su atención estaba dividida, parte de él observando constantemente por las ventanas, buscando coches de policía o la camioneta gris. “Thomas, ¿me estás escuchando?” La voz de la directora lo devolvió a la realidad. Disculpe, directora, no dormí bien anoche. Problemas de fontanería. Ella sonrió comprensivamente. No te preocupes, los niños estarán en la biblioteca después del almuerzo.
Tienes tiempo para solucionar el problema antes de que lleguen. Domás trabajó metódicamente en los ordenadores, sus manos moviéndose por pura memoria muscular mientras su mente elaboraba planes y escenarios. Si Chen sospechaba algo, si había visto algún objeto reconocible en su sala de trofeos, la policía no tardaría en aparecer.
Necesitaba estar preparado. A las 11, mientras reinstalaba software en el último ordenador, escuchó voces en el pasillo. Reconoció la de la directora Simmons, pero la otra le era desconocida. Se acercó silenciosamente a la puerta entreabierta de la biblioteca. Preocupante, sin duda, decía la directora, y dice que podría estar relacionado con los casos anteriores.
Es una posibilidad que estamos investigando, respondió la voz desconocida, masculina y profesional. Por eso necesitamos hablar con todos los adultos que tienen contacto regular con los niños. Thomas retrocedió instintivamente. Policía, aquí. Su corazón latía tan fuerte que temía que pudieran oírlo a través de la puerta. Necesitaba salir ahora.
Rápidamente recogió sus herramientas y las guardó en su maletín. Había una salida trasera desde la biblioteca que daba al patio de recreo. Podría usarla y bordear el edificio hasta su coche sin ser visto. Estaba a mitad de camino hacia la puerta cuando esta se abrió. La directora Simmons entró acompañada por un hombre alto vestido con un traje oscuro.
Oh Thomas, justo a tiempo sonrió la directora. Este es el detective Roberts del Departamento de Policía de Connecticut. Está investigando la desaparición de un niño en Wesport la semana pasada. El detective extendió su mano hacia Thomas, quien la estrechó automáticamente, esperando que no notara el sudor frío en su palma.

“Señor Brenan, la directora me dice que usted trabaja regularmente con los niños aquí. Solo mantenimiento informático”, respondió Thomas luchando por mantener su voz estable. “No soy profesor.” El detective asintió, sus ojos evaluando a tomas con intensidad profesional. Aún así, usted tiene contacto con los alumnos.
¿Ha notado algo inusual últimamente? ¿Algún adulto desconocido merodeando cerca de la escuela? Quizás no nada de eso respondió Thomas mientras su mente calculaba febrilmente sus opciones. ¿Estaba relacionada esta visita con la de Chen a su casa o era realmente por un caso diferente? El niño desaparecido, Ethan Williams, tenía 8 años.
Continuó el detective sacando una fotografía del bolsillo interno de su chaqueta. ¿Lo ha visto alguna vez? Thomas miró la fotografía de un niño sonriente con cabello castaño y pecas. Nunca lo había visto antes. Estaba seguro. Eso era bueno. Si este era un caso nuevo no relacionado con su colección, quizás todavía tenía tiempo. “No lo reconozco, lo siento”, dijo devolviéndole la fotografía.
El detective guardó la imagen y sacó una tarjeta. “Si recuerda algo que pueda ser útil, por favor llámeme”, dijo entregándole la tarjeta. Cualquier detalle, por insignificante que parezca. Thomas asintió y guardó la tarjeta en su bolsillo. “Por supuesto, detective, haré lo posible por ayudar.
” Cuando Roberts y la directora salieron de la biblioteca, Thomas se permitió un momento para respirar profundamente. Necesitaba mantener la calma. Si actuaba precipitadamente, solo generaría más sospechas. Terminó su trabajo en los ordenadores y se despidió de la directora, explicando que no se sentía bien y regresaría otro día para la sesión con los niños.
Mientras caminaba hacia su coche, notó que la camioneta gris ahora estaba estacionada en la calle frente a la escuela. Ya no tenía dudas. Lo estaban vigilando. Al llegar a casa, Thomas pasó directamente al sótano. Si la policía venía con una orden de registro, necesitaba estar preparado. Su sala de trofeos contenía evidencia suficiente para enviarlo a prisión de por vida o peor. La tarde caía sobre Milbrook mientras Thomas descendía nuevamente al sótano, esta vez con un propósito claro y urgente.

y sus sospechas eran correctas, el tiempo se le agotaba rápidamente. El zumbido constante de los desumidificadores era el único sonido en la sala de trofeos mientras habría un armario metálico que había mantenido cerrado con llave en la esquina más alejada de la habitación. Dentro había varias cajas plásticas herméticas, cada una etiquetada meticulosamente por fechas.
Thomas extrajo la más reciente y la abrió. Documentos de identidad falsos, tarjetas de crédito con diferentes nombres, varios fajos de billetes en diversas divisas y una pistola Glock 19 con su correspondiente silenciador. El plan de contingencia que siempre había esperado no necesitar. Thomas tomó su teléfono y lo desarmó, extrayendo la tarjeta SIM y rompiéndola en pequeños pedazos. Luego activó un nuevo teléfono prepago que guardaba en la caja.
No podía arriesgarse a ser rastreado. Su mente trabajaba metódicamente ahora. El pánico inicial reemplazado por una fría determinación. Siempre había sabido que este día podría llegar. Durante años había elaborado un plan de escape, establecido identidades alternativas y rutas seguras. No era un aficionado como tantos otros que habían caído.
Thomas Brenan era meticuloso, paciente y, sobre todo, inteligente. Mientras preparaba lo necesario para su partida, pensaba en Marcus Chen. El expicía había cometido un error fatal al revelar sus sospechas tan abiertamente. Si hubiera contactado directamente con sus antiguos colegas sin alertar a Thomas, quizás ahora la policía ya estaría derribando su puerta.
Pero la indiscreción de Chen le había dado una ventana de oportunidad. Siempre subestiman a los hombres tranquilos, murmuró Thomas para sí mismo mientras guardaba la pistola en la parte trasera de su pantalón. Sin embargo, había un problema que no podía ignorar sus trofeos. la colección que había acumulado durante más de una década, cada objeto cuidadosamente seleccionado, cada recuerdo perfectamente preservado, no podía llevarlos todos, pero tampoco podía soportar la idea de abandonarlos por completo. Thomas recorrió las estanterías acariciando los objetos con

sus dedos. El diario de Michael Foster, ahora parcialmente dañado por la humedad, la pulsera de Jessica Rivera, el listón azul que Jenny Matthews usaba para su trenza. Cada pieza contaba una historia. Cada trofeo le recordaba momentos de perfección. Finalmente seleccionó media docena de objetos, los más significativos, y los colocó en un pequeño maletín acolchado.
El resto, el resto tendría que quedarse atrás. Subió al piso principal y miró por la ventana con cautela. La camioneta gris seguía allí, ahora estacionada casi frente a su casa. Ya no se molestaban en ser discretos. Thomas sonrió amargamente. Si creían que lo tenían acorralado, estaban equivocados.
Fue a su dormitorio y cambió su atuendo habitual por ropa más oscura, jeans negros, camiseta gris, chaqueta de cuero, nada que llamara la atención, pero tampoco el look de respetable técnico informático que había cultivado en Milbrook. Metió algo de ropa adicional en una mochila junto con el efectivo y los documentos falsos.
Eran casi las 7 de la tarde cuando Thomas terminó sus preparativos. La oscuridad sería su aliada. Ahora solo quedaba un último acto antes de desaparecer. Bajó nuevamente al sótano y contempló su sala de trofeos por última vez. Tantos años de cuidadosa recolección, tantos recuerdos perfectos, no podía permitir que cayeran en manos equivocadas, que fueran manoados por policías y examinados por psiquiatras que nunca entenderían su valor.
Tomas sacó un bidón de gasolina que había guardado junto a las escaleras y comenzó a rociar metódicamente las estanterías, asegurándose de que el líquido empapara bien cada objeto, cada fotografía, cada prenda de ropa. El fuerte olor llenó la habitación mientras él trabajaba, sus movimientos precisos y controlados.
Cuando terminó, subió las escaleras y fue a la cocina. Desde la ventana podía ver la camioneta gris. Podía distinguir vagamente dos siluetas en su interior. Estarían esperando refuerzos o quizás una orden judicial. No importaba, no estarían esperando lo que estaba a punto de ocurrir. Thomas tomó su teléfono prepago y marcó un número.
Departamento de policía de Millbrook, respondió una voz femenina. Necesito reportar actividad sospechosa, dijo Thomas alterando ligeramente su voz. Hay una camioneta gris que lleva horas estacionada en Elm Street frente al número 457. Los ocupantes han estado observando la casa. Creo que podrían estar planeando un robo. Gracias por la información, señor. Enviaremos una patrulla a verificar. Thomas colgó y sonríó.
La distracción sería breve, pero suficiente. Regresó al sótano una última vez, encendedor en mano, se detuvo en la puerta de su sala de trofeos y miró por última vez sus preciadas posesiones. “Nadie los entenderá como yo”, susurró encendiendo el encendedor. La llama prendió instantáneamente al contacto con los vapores de gasolina.

Thomas cerró rápidamente la puerta y subió las escaleras, sabiendo que el fuego no tardaría en extenderse. Había calculado cuidadosamente. El incendio comenzaría en el sótano. Se propagaría lentamente al principio, dándole tiempo para escapar, pero eventualmente consumiría toda la casa, destruyendo cualquier evidencia.
Thomas salió por la puerta trasera bordeando la casa hasta llegar al jardín lateral. Desde allí podía ver la camioneta gris y más allá las luces de un coche patrulla aproximándose perfecto. Se deslizó entre las sombras de los árboles que separaban su propiedad de la casa vecina, vacía desde hacía meses tras el fallecimiento de la anciana señora Peterson.
El garaje separado de la propiedad Peterson había sido su plan de contingencia desde el principio. Allí guardaba una motocicleta preparada para emergencias con placa falsa y tanque lleno. Mientras se alejaba por calles secundarias, Thomas podía ver el resplandor anaranjado que comenzaba a iluminar el cielo nocturno detrás de él. Su casa, su vida como Thomas Brenan. Todo quedaba atrás, consumido por las llamas.
A 20 km de Milbrook, en un área de descanso desierta, Thomas se detuvo brevemente, sacó de su mochila una nueva identidad. David Morris, consultor informático de Chicago, se puso unas gafas de montura gruesa y una gorra, completando la transformación. Su destino inmediato era Boston, donde tenía un apartamento alquilado bajo otro nombre.
Desde allí viajaría al oeste, quizás a Oregon o Washington, lugares donde un hombre tranquilo podía pasar desapercibido, donde las escuelas primarias siempre necesitaban voluntarios tecnológicos. Mientras conducía por la interestatal, Thomas, ahora David, pensaba en Marcus Chen. El fontanero expicía había estado tan cerca de atraparlo, tan cerca de destruir todo lo que había construido.
Pero como siempre, Thomas había sido más inteligente, más rápido, más preparado. Su teléfono prepago vibró en su bolsillo. un mensaje de texto de un número desconocido. Tubería arreglada, pero encontré daños estructurales graves. Necesito hablar con usted urgentemente. Marcus Chen. Thomas sonrió en la oscuridad.

Chen seguía intentando atraerlo sin saber que ya era demasiado tarde. Para cuando descubrieran que no estaba en la casa incendiada, él ya estaría lejos, iniciando una nueva vida, una nueva colección. Mientras tanto, en Milbrook el caos se desataba. Los bomberos luchaban contra las llamas que devoraban la casa victoriana.
Marcus Chen había llegado al lugar tras recibir una llamada frenética del jefe de policía local. “Brenan está dentro, según los vecinos”, gritó el jefe sobre el rugido de las llamas. “Y encontramos algo en el sótano antes de que el fuego nos obligara a retroceder.” Marcus observaba impotente como la casa se convertía en una antorcha gigante.
Había estado tan cerca cuando entró en aquella sala secreta durante la reparación de la tubería, había reconocido instantáneamente la mochila de Emily Sullivan, una niña desaparecida de Boston, cuyo caso había investigado años atrás. había tomado fotografías discretamente con su teléfono antes de salir, pero había cometido el error de no actuar de inmediato, prefiriendo recopilar más información.
Ahora, mientras las llamas consumían la evidencia, se preguntaba cuántos secretos se perderían para siempre en ese infierno. Lo que Marcus no sabía, lo que nadie en Milbrook podía imaginar, era que Thomas Brenan ya rodaba hacia su próximo destino con sus trofeos más preciados a salvo en su maletín y una nueva identidad lista para ser habitada.
En la carretera oscura, David Morris sonrió mientras encendía la radio. Los noticieros ya estarían hablando del incendio. Pronto mencionarían los terribles descubrimientos en el sótano de la casa victoriana. La comunidad de Milbrook lloraría a las víctimas y también al pobre Thomas Brenan, el respetable técnico informático que nadie habría sospechado jamás.
Era el final perfecto para Thomas y el comienzo perfecto para David. El café Riverside de Eugene, Oregon, era conocido por su ambiente acogedor y su café de especialidad. David Morris era uno de sus clientes habituales, siempre ocupando la misma mesa junto a la ventana, trabajando en su laptop mientras sorbía metódicamente su americano.

Los empleados lo conocían como un consultor informático freelance, un tipo amable y reservado que siempre dejaba buenas propinas. Nadie en Eugene asociaría a este hombre tranquilo con el infame coleccionista de Mill Brook. Como los medios habían bautizado a Thomas Brenan tras el descubrimiento de los restos parcialmente quemados en su sótano, la historia había captado la atención nacional durante semanas.
un respetado miembro de la comunidad, voluntario en escuelas, que resultó ser uno de los depredadores más meticulosos que Connecticat había conocido. David pasó la página del periódico local que estaba leyendo. Un pequeño artículo en la sección de noticias nacionales llamó su atención. Continúa la búsqueda del coleccionista de Milbrook.
lo leyó con interés profesional, como quien estudia un caso ajeno. Las autoridades federales mantienen la búsqueda de Thomas Brenhaman, sospechoso de múltiples desapariciones infantiles, quien habría escapado momentos antes del incendio que destruyó su residencia en Milbrook, Connecticut.
Aunque inicialmente se creyó que Brenan había perecido en el fuego, análisis forenses posteriores determinaron que los restos humanos encontrados pertenecían a una víctima no identificada. David sonrió ligeramente. El cuerpo en el sótano había sido un golpe de suerte inesperado. Durante la limpieza de su sala de trofeos, había decidido deshacerse de los restos de Jason Miller, un niño de Portland, cuyo cuerpo había conservado parcialmente en una de las cajas fuertes ocultas.
La confusión inicial sobre los restos le había dado tiempo adicional para establecerse en su nueva vida. El artículo continuaba. Marcus Chen, exoficial de policía de Boston y ahora fontanero, fue quien alertó a las autoridades sobre las actividades sospechosas de Brenan. “Solo lamento no haber actuado más rápidamente”, declaró Chen en una reciente entrevista.
“Si hubiera confiado en mi instinto inicial, quizás habríamos podido capturarlo.” David cerró el periódico y tomó un sorbo de su café. Marcus Chen. El hombre seguía apareciendo en los medios, convertido en una especie de héroe trágico, si tan solo supiera lo cerca que había estado. Una joven mesera se acercó a su mesa.
¿Desea algo más, señor Morris?, preguntó con una sonrisa. No, gracias, Amber, respondió él devolviéndole la sonrisa. Tengo que irme. Tengo una reunión en la escuela primaria Oakwood. ¿Sigue con el proyecto de voluntariado? preguntó ella mientras recogía la taza vacía. Sí, estamos configurando una nueva sala de computación para los niños.

Es gratificante poder ayudar. David pagó su cuenta dejando como siempre un billete de $5 como propina. Mientras caminaba hacia su auto, un Toyota Camry gris neutro repasaba mentalmente su agenda del día. La reunión en Oakwood era el punto culminante de tres meses de trabajo meticuloso para ganarse la confianza del personal escolar.
Como consultor informático independiente se había ofrecido a modernizar el sistema de la escuela a un precio muy reducido. Su generosidad le había abierto todas las puertas. Durante el trayecto hacia la escuela, David pensó en su nueva vida en Eugene. La ciudad era perfecta, lo suficientemente grande para mantener el anonimato, pero lo suficientemente pequeña para establecer conexiones significativas.
había alquilado una modesta casa en un barrio residencial tranquilo, decorándola cuidadosamente para proyectar la imagen de un profesional soltero dedicado a su trabajo. Y tenía un nuevo sótano, no tan espacioso como el de Milbrook, pero adecuadamente acondicionado. Hasta ahora solo contenía los seis trofeos que había salvado del incendio, cuidadosamente dispuestos en una vitrina especial.
Pero Eugene ofrecía muchas posibilidades para expandir la colección. Al llegar a la escuela primaria Ogwood, David fue recibido por la directora Wilson, una mujer enérgica de unos 50 años que lo había tomado bajo su ala desde su primera visita. David, justo a tiempo, lo saludó efusivamente. Los técnicos acaban de entregar los últimos ordenadores.
Estamos ansiosos por verlas a la terminada. Me alegra que haya llegado todo el equipamiento”, respondió él siguiéndola por el pasillo decorado con trabajos artísticos infantiles. Hoy debería poder completar la configuración básica. La nueva sala de informática ocupaba lo que antes había sido un aula infrautilizada. David había diseñado personalmente la disposición 24 estaciones de trabajo organizadas en forma de U con el puesto del instructor en el centro.
La configuración le permitiría observar las pantallas de todos los alumnos simultáneamente. “Es increíble lo que has logrado con nuestro presupuesto limitado”, comentó la directora mientras contemplaban la sala. “Los niños están entusiasmados por empezar a usar los ordenadores.

Es lo mínimo que puedo hacer”, respondió David con modestia calculada. Siempre he creído en la importancia de la alfabetización digital desde temprana edad. Durante las siguientes horas, David trabajó en la configuración de los equipos instalando software educativo y estableciéndolos perfilado de usuarios. La directora lo dejó solo después de un rato, confiando plenamente en su experiencia.
Fue entonces cuando instaló discretamente un programa adicional en cada ordenador, un software de monitorización imperceptible que le permitiría acceder remotamente a cada máquina, registrando todo lo que los niños escribieran, incluidas contraseñas y comunicaciones personales. Información, el primer paso siempre era recopilar información. Mientras trabajaba, la puerta de la sala se abrió.
Y entró una niña de unos 9 años con cabello castaño recogido en dos trenzas y grandes gafas de montura rosa. “Perdone”, dijo tímidamente. “La directora Wilson me dijo que podía venir a ver los nuevos ordenadores.” David se giró lentamente, componiendo su expresión más afable. “Hola, tú debes ser Sofie, ¿verdad?” La niña pareció sorprendida.
“¿Cómo sabe mi nombre? La directora Wilson me habló de ti”, respondió él con una sonrisa tranquilizadora. Me dijo que eres una de las estudiantes más brillantes y que te encantan los ordenadores. Dijo que podrías ayudarme como asistente cuando empiecen las clases de informática. Los ojos de Sofí se iluminaron detrás de sus gafas. En serio, me encantaría.
Tengo un portátil en casa y ya sé programar un poco en Scratch. Eso es impresionante. David le indicó que se acercara. Ven, déjame mostrarte algunas de las características especiales que he instalado. Sofí se acercó con entusiasmo y durante la siguiente media hora, David le explicó pacientemente el funcionamiento del sistema, observando cómo absorbía cada detalle con fascinación.
era exactamente el tipo de niña que apreciaba, inteligente, curiosa, confiada. “¿Vives cerca de la escuela?”, preguntó casualmente mientras le mostraba un programa de diseño gráfico. “A unas cinco manzanas”, respondió ella. “En Maple Street. Puedo venir caminando sola porque mamá trabaja temprano.” Eso es muy responsable de tu parte. David hizo una nota mental del dato.

“¿Y te gusta leer? Pareces el tipo de persona que disfruta de los buenos libros. Sofí sonrió ampliamente. Me encantan los libros, sobre todo los de misterio. Ahora estoy leyendo la serie de Los investigadores jóvenes. Qué coincidencia, comentó David. Tengo toda la colección en casa. Quizás podría prestarte algunos que aún no hayas leído.
La conversación continuó fluidamente con David obteniendo más información con cada pregunta aparentemente inocente. Sofie vivía solo con su madre, que trabajaba como enfermera en turnos largos. No tenía hermanos. Le gustaba pasear por el parque Riverside los sábados por la mañana y participaba en el club de ciencias después de clases, los miércoles y viernes. Eventualmente, la directora Wilson regresó a la sala.
Veo que ya conociste a nuestra pequeña genio sonrió Sofie. Espero que no estés molestando al señor Morris. En absoluto, respondió David. De hecho, le estaba diciendo a Sofí que podría ser mi asistente durante las clases de informática. Tiene un talento natural para esto. La niña prácticamente rebotaba de emoción.
La directora Wilson dice que usted dará clases todos los jueves. No puedo esperar. Sofi, cariño. Ahora debes volver a clase, indicó la directora. El señor Morris todavía tiene mucho trabajo por hacer. Cuando la niña se fue, la directora se volvió hacia David. Es maravilloso verte conectar así con los estudiantes.
Muchos expertos técnicos no tienen paciencia con los niños. Los niños son honestos y curiosos, respondió él. Es refrescante trabajar con mentes tan abiertas. Más tarde, mientras David conducía de regreso a su casa, pensaba en Sofí, tan brillante, tan confiada, tan sola, su madre trabajando largos turnos, sus caminatas solitarias a la escuela, su entusiasmo por los libros que él podría prestarle. Al llegar a casa, bajó directamente al sótano.
Encendió la luz, revelando la pequeña vitrina donde guardaba sus seis trofeos salvados de Milbrook. abrió un cajón y sacó una libreta nueva. En la primera página escribió meticulosamente Sophie Andrews, 9 años, 2025 y debajo comenzó a anotar todos los detalles que había aprendido sobre ella.
En la mesita junto a la vitrina había varios libros de la serie Los investigadores jóvenes. Los había comprado esa misma semana anticipando este momento. David se sentó en su sillón y comenzó a leer el primer libro de la serie. Necesitaba familiarizarse con la historia para poder discutirla con Sofi. La paciencia era crucial. Establecer una conexión genuina, ganarse su confianza completa.
El proceso podría llevar semanas, incluso meses. No importaba. David Morris tenía todo el tiempo del mundo. Eugene Oregon no tenía idea de quién había llegado realmente a su tranquila comunidad. El detective Marcus Chen, ahora nuevamente detective después de reincorporarse a la fuerza policial de Boston, observaba el mural de evidencias que ocupaba una pared entera en la pequeña oficina que le habían asignado en la unidad de casos sin resolver.

Fotografías de niños desaparecidos, líneas temporales, mapas con chinchetas de colores y en el centro una fotografía ampliada de Thomas Brenan tomada de su licencia de conducir. 6 meses habían pasado desde el incendio en Milbrook y la investigación oficial comenzaba a perder impulso.
El FBI había reducido el personal dedicado al caso. Las alertas nacionales habían sido relegadas a segundo plano y la atención mediática se había desvanecido gradualmente. Pero Marcus no podía dejar ir el caso, no después de lo que había visto en aquel sótano durante los breves momentos, antes de que el fuego lo consumiera todo.
“¿Sigues obsesionado, eh?”, dijo una voz desde la puerta. Marcus se giró para ver a su excompañera, la detective Sara Donovan, apoyada en el marco de la puerta con dos tazas de café. No es obsesión cuando el sujeto sigue ahí fuera, respondió Marcus aceptando una de las tasas.
Solo han confirmado 12 víctimas basándose en los restos recuperados del incendio, pero los objetos personales indicaban muchas más. Lo sé”, suspiró Sara acercándose al mural. “¿Alguna nueva pista?” Marcus señaló un mapa de Estados Unidos con varias zonas marcadas en rojo. He estado analizando patrones de desapariciones infantiles en los últimos 6 meses, buscando casos con similitudes al modus operandi de Brenan. “¿Y has encontrado algo?” “¡Nada concluyente”, admitió.
El problema es que Brenan era meticuloso. Sus víctimas no seguían un patrón físico específico. Lo que las unía era la oportunidad y la vulnerabilidad. Niños con padres ocupados, familias monoparentales, situaciones donde él podía insertarse como una figura confiable. Sara estudió el mapa pensativamente.
Si ha comenzado de nuevo, habría elegido un lugar donde pudiera repetir su estrategia, una comunidad pequeña o mediana donde un recién llegado amable pudiera integrarse fácilmente. Exactamente, asintió Marcus. Y necesitaría acceso a niños, preferiblemente a través de escuelas o actividades comunitarias. Su teléfono sonó interrumpiendo la conversación. Marcus miró la pantalla.
Sam Rives FBI parpadeaba en la pantalla. Chen respondió. Detective, tenemos algo dijo la voz al otro lado. Encontramos una coincidencia parcial de huellas dactilares en Portland, Oregon, hace 4 meses. Un David Morris solicitó una verificación de antecedentes para trabajar como consultor informático en escuelas.

La huella no coincide completamente con Brenan, pero hay suficientes puntos concordantes para llamar nuestra atención. Marcus sintió que su pulso se aceleraba. Tienen una dirección actual. La última conocida está en Eugene, Oregon. Ya hemos contactado con la oficina local del FBI. Quieren que vayas allí como consultor del caso original. Estaré en el primer avión disponible.
Marcus colgó y miró a Sara. Tenemos una posible ubicación. Eugene, Oregon. Sara asintió gravemente. B. Atrápalo esta vez. No cometas el mismo error. Marcus pensó en aquella tarde en Milbrook, cuando había visto los objetos en la sala secreta de Brenan y había decidido investigar más antes de actuar. Ese error había costado vidas. No se repetiría.
Eugene, Oregon David Morris terminaba su rutina matutina con precisión militar. A las 6:30 a exactamente salió a correr por el vecindario saludando amablemente a los mismos vecinos de siempre. A las 7:15 regresó, se duchó y preparó su desayuno. Dos huevos revueltos, una tostada y café negro.
A las 8 revisó sus correos electrónicos y el software de monitoreo de los ordenadores de la escuela primaria Oakwood. La información recopilada durante la noche era fascinante. Los niños, confiando en la privacidad de la sala de informática, usaban los ordenadores para todo tipo de comunicaciones personales. David había identificado ya a tres estudiantes particularmente vulnerables, incluyendo a Sofí.
cuya soledad era evidente en las búsquedas que realizaba. ¿Cómo hacer amigos? ¿Por qué los niños se burlan de las niñas inteligentes? ¿Cómo saber si le caes bien a alguien? Su plan con Sofía avanzaba metódicamente. Durante las últimas semanas había establecido una rutina.
Ella venía a la sala de informática durante el almuerzo los martes y jueves, donde él le enseñaba programación básica. Mientras conversaban sobre libros y ciencia, la niña lo admiraba claramente, viendo en él la figura paterna que nunca había tenido. La fase siguiente estaba programada para hoy. Después de semanas de mencionar casualmente su colección de libros, finalmente le había ofrecido prestarle el nuevo volumen de Los investigadores jóvenes, que aún no había llegado a la biblioteca local.

Sofie había aceptado entusiasmada la invitación para pasar por su casa después de la escuela. Todo estaba preparado. El sótano estaba asegurado con los trofeos ocultos tras un panel falso. La casa mostraba la imagen perfecta de un profesional soltero ordenado. Libros en las estanterías, una modesta colección de arte en las paredes, fotografías enmarcadas de familiares que en realidad eran imágenes compradas en bancos de fotos. Levit miró su reloj. 8:30 a.
Hora de dirigirse a Oakwood para su clase semanal de informática. Hoy era un día importante, el día en que Sofie Andrews pasaría de ser un prospecto a convertirse en parte de su colección. En la escuela, la mañana transcurrió como de costumbre. David impartió su clase a los alumnos de cuarto grado, observando especialmente a Sofí, quien brillaba entre sus compañeros con su inteligencia y entusiasmo.
Cuando sonó la campana del almuerzo, ella se quedó rezagada, como habían acordado. “¿Sigue en pielo del libro, señr Morris?”, preguntó con una sonrisa emocionada. “Por supuesto, Sofí”, respondió él. ¿Puedes venir a mi casa después de clases? Está a solo 10 minutos caminando desde aquí en Sidar Lane. Genial.
Le avisé a mamá y dijo que está bien mientras vuelva antes de las 6. Tiene turno nocturno hoy. Perfecto. Te esperaré frente a la escuela a las 3:30. El resto del día transcurrió lentamente para David. Cada minuto que pasaba lo acercaba más a un momento crucial. No planeaba actuar hoy mismo. Primero, Sofie debía visitar su casa varias veces, estableciendo un patrón que no levantara sospechas. Pero hoy marcaría el inicio de la fase final.
A las 3:25, David esperaba en su auto frente a la escuela. observó como los niños salían en grupos riendo y conversando. Sofie apareció puntual, cargando su mochila azul y un estuche de lápices con forma de unicornio que él ya había identificado como uno de sus objetos preferidos, un futuro trofeo perfecto. El trayecto a su casa fue casual y conversacional.
David mantuvo una charla apropiada sobre la escuela y los libros, estableciendo una atmósfera de normalidad y confianza. Al llegar, le mostró la casa brevemente, la sala de estar, la cocina, su oficina repleta de libros y equipos informáticos. “Tu casa es muy ordenada”, comentó Sofie observando todo con curiosidad.
Me gusta mantener las cosas en su lugar”, respondió él dirigiéndola hacia la estantería principal de la sala. “Mira, aquí está la colección de los investigadores jóvenes.” Sofie se acercó emocionada pasando sus dedos por los lomos coloridos. Tiene toda la colección. Yo solo he leído hasta el número cinco.

Puedes tomar prestados los que quieras, ofreció David seleccionando el sexto volumen. Comienza con este. Mientras Sofi ojeaba el libro, David fue a la cocina y preparó chocolate caliente y galletas. Todo parte del ritual de normalidad de crear una experiencia positiva que la hiciera desear volver. ¿Te gustaría ver mi oficina? Tengo algunos programas de diseño gráfico que podrían interesarte.
sugirió después de que terminaran la merienda. La niña asintió entusiasmada y lo siguió a la habitación contigua. David le mostró varios programas observando cómo absorbía cada detalle con fascinación. Luego, como quien no quiere la cosa, mencionó, “También tengo un pequeño laboratorio en el sótano. Ahí hago algunos experimentos con circuitos y robótica básica.
Los ojos de Sofí se iluminaron. Robótica. Me encantaría ver eso. David sintió la familiar aceleración de su pulso. Era tan fácil, tan predecible. Quizás en tu próxima visita respondió con una sonrisa. Hoy ya se está haciendo tarde y prometiste a tu madre que volverías antes de las 6. La decepción en el rostro de Sofí era evidente, pero asintió comprensivamente. Perfecto.
Ahora tendría un motivo para querer regresar. Mientras la acompañaba de vuelta a casa caminando por calles tranquilas del vecindario, David notó un vehículo negro con vidrios tintados que pasó lentamente junto a ellos. No reconoció el auto, pero algo en la forma en que redujo la velocidad le provocó una sensación de alerta instintiva.
dejó a Sofí en la esquina de Maple Street, como habían acordado. La madre prefería que nadie supiera que la niña estaba sola en casa durante las tardes. “Gracias por el libro, señor Morris”, dijo Sofi, abrazando el volumen contra su pecho. “El placer es mío”, respondió él.
“Quizás puedas venir nuevamente la próxima semana para contarme qué te pareció y ver ese proyecto de robótica. Me encantaría. David esperó hasta que la vio entrar en su casa antes de dar media vuelta. El vehículo negro había desaparecido, pero la sensación de inquietud persistía. De vuelta en su casa, realizó una verificación completa del perímetro antes de entrar. Todo parecía normal. Bajó al sótano y abrió el panel que ocultaba sus trofeos.
sacó la libreta donde registraba sus observaciones sobre Sofi y añadió nuevas notas. Su fascinación por la robótica, la forma en que sus ojos se iluminaban cuando hablaba de ciencia, el estuche de lápices con forma de unicornio que claramente apreciaba. Mientras escribía, su mente evaluaba el progreso. La primera visita había sido exitosa.

Sofie confiaba en él y estaba ansiosa por volver. La siguiente visita incluiría un tour por el laboratorio del sótano, donde podría mostrarle algunos proyectos de robótica simple que había preparado específicamente para captar su interés. La tercera visita sería la definitiva. Todo marchaba según lo planeado. Sin embargo, aquel vehículo negro.
David no creía en coincidencias. En sus años como depredador, había desarrollado un sexto sentido para detectar amenazas. Algo no estaba bien. Encendió su ordenador y accedió a las cámaras de seguridad que había instalado discretamente alrededor de la propiedad. rebobinó las grabaciones de las últimas horas y ahí estaba el vehículo negro pasando frente a su casa dos veces antes de que él regresara con Sofie.
David sintió un escalofrío familiar, el mismo que había experimentado en Milbrook cuando vio la camioneta gris. Era posible que lo hubieran encontrado, que su nueva identidad hubiera sido comprometida. Su teléfono sonó interrumpiendo sus pensamientos. Era un número desconocido con prefijo de Boston. David observó el teléfono sonar hasta que dejó de hacerlo. Segundos después llegó una notificación de mensaje de voz.
Con cautela reprodujo el mensaje. Señor Morris, soy Diane Walker de Sistemas Educativos Integrados. Estamos verificando referencias para su solicitud de consultoría en el distrito escolar de Lane County. Por favor, devuelva esta llamada a su conveniencia. David frunció el seño. Nunca había solicitado trabajo en el distrito de Lane County.
Era una trampa, una forma de confirmar su número y ubicación. lo habían encontrado. Marcus Chen se instaló en la pequeña habitación de hotel en Eugene con vistas al campus universitario. Sobre la cama había desplegado los archivos del caso, fotografías de Thomas Brenan, ahora posiblemente David Morris, informes de las desapariciones vinculadas a él y los datos preliminares sobre su nueva identidad en Oregon.
La coincidencia parcial de huellas dactilares era prometedora, pero no concluyente. David Morris había sido meticuloso al establecer su nueva vida. Tenía un historial crediticio sólido, que se remontaba a 5 años atrás. referencias laborales verificables de empresas tecnológicas en Chicago e incluso registros académicos de la Universidad de Illinois. Una identidad construida con precisión quirúrgica.
“Pero cometiste un error”, murmuró Marcus examinando el informe de huellas. Uno pequeño pero suficiente. Su teléfono vibró con un mensaje de la agente Keller del FBI. La llamada al objetivo no tuvo respuesta. Dejamos mensaje como acordado. Vigilancia continúa en la residencia. Marcus había insistido en proceder con cautela.

Si realmente habían encontrado a Thomas Brenan, no podían arriesgarse a asustarlo y provocar otra huida. Primero necesitaban confirmar su identidad más allá de toda duda. Y lo que era más importante, asegurarse de que no tuviera víctimas cautivas en su propiedad. El plan era simple. mantener vigilancia, recopilar evidencia suficiente para una orden de registro y entonces actuar con rapidez y contundencia.
Nada de errores. Esta vez alguien llamó a la puerta de su habitación. Era la agente Keller, una mujer de unos 40 años con expresión severa y ojos perspicaces. “Tenemos novedades”, dijo entrando en la habitación. El sospechoso fue visto hoy acompañando a una niña desde la escuela primaria Oakwood hasta una residencia en Maple Street. Luego regresó solo a su domicilio.
Marcus sintió un escalofrío recorrer su espalda. Identificaron a la niña. Keller asintió entregándole una fotografía tomada a distancia. Sofie Andrew, 9 años, vive con su madre soltera que trabaja como enfermera en turnos extendidos. El perfil coincide con las víctimas anteriores de Brenan. sea. Marcus pasó una mano por su rostro. Ya ha comenzado.
¿Qué sabemos sobre su conexión con la escuela? Morris o Brenan trabaja como consultor de tecnología en la escuela primaria Oakwood desde hace 3 meses. Voluntario al principio, luego contratado a tiempo parcial. Tiene acceso a todos los niños, pero según nuestras entrevistas discretas con el personal, ha mostrado especial interés en estudiantes que coinciden con el perfil de víctimas anteriores. Marcus asintió sombríamente.
El patrón era inconfundible. Brenan se insertaba en comunidades como una figura confiable. identificaba a niños vulnerables y luego establecía conexiones personales con ellos y sus familias. En Millbrook habían encontrado evidencia de que algunas de sus víctimas habían visitado su casa varias veces antes de desaparecer. ¿Qué hay de la orden de registro?, preguntó. Estamos cerca, respondió Keller.
La coincidencia de huellas dactilares, sumada a las similitudes en el modus operandi, son convincentes. Pero el juez quiere algo más concreto. Si conseguimos confirmar que Morris falsificó sus credenciales, o si identificamos objetos específicos vinculados a víctimas anteriores, tendremos suficiente.
No podemos esperar demasiado, dijo Marcus señalando la fotografía de Sofí. Esta niña podría estar en peligro inminente. Keller asintió con gravedad. El equipo de vigilancia no lo perderá de vista y hemos asignado agentes encubiertos cerca de la residencia de los Andrews. No será suficiente. Marcus recordaba demasiado bien la astucia de Brenan.

Es extremadamente cuidadoso y tiene experiencia eludiendo a la policía. Si detecta nuestra presencia, desaparecerá nuevamente o peor, acelerará sus planes con la niña. ¿Qué propones? Marcus consideró sus opciones. Su error en Milbrook había sido no actuar con suficiente rapidez. No cometería el mismo error dos veces. Necesito acercarme personalmente.
Soy el único que lo ha visto cara a cara, el único que puede identificarlo con certeza. Mientras tanto, a pocas millas de distancia, David Morris metía apresuradamente ropa y documentos en una maleta. Su rutina meticulosa había dado paso a movimientos rápidos y calculados. La llamada falsa de Boston confirmaba sus sospechas. Lo habían encontrado.
Se detuvo un momento para mirar por la ventana. No había vehículos sospechosos a la vista, pero eso no significaba nada. Si el FBI estaba involucrado, la vigilancia sería profesional y discreta. David evaluó sus opciones. Tenía tres identidades alternativas preparadas con documentación completa.
Podría desaparecer esta misma noche y empezar de nuevo en otra ciudad. El protocolo de emergencia que había establecido era claro, abandonar todo, no llevar ninguna evidencia comprometedora y cortar todo contacto con la ubicación anterior. Pero mientras cerraba la maleta, su mirada se posó en la libreta donde había documentado sus observaciones sobre Sofi.
Algo se removió dentro de él, una sensación inquietante que raramente experimentaba. arrepentimiento, no por sus acciones pasadas, sino por la oportunidad perdida. Sofía, especial. La conexión que había comenzado a establecer con ella era diferente, más profunda que con sus víctimas anteriores.
Abandonar ahora significaba renunciar a lo que prometía ser su trofeo más valioso hasta la fecha. David se acercó a la ventana del sótano y miró hacia la calle. La noche comenzaba a caer sobre Eugin. Las farolas se encendían una tras otra. Si se iba ahora, estaría en Portland antes de medianoche y mañana podría estar en cualquier lugar de la costa oeste. Pero Sofi, una idea comenzó a formarse en su mente.
Una idea peligrosa que rompía con sus protocolos establecidos, pero potencialmente gratificante. Y si no se iba solo y si Sofie lo acompañaba. Nunca antes había intentado llevar a una víctima durante una reubicación. siempre había seguido un patrón estricto: seleccionar, ganar confianza, actuar, coleccionar trofeos y, finalmente, deshacerse de las evidencias.
La idea de mantener a una víctima con vida, de llevarla consigo, introducía variables impredecibles, pero las circunstancias excepcionales requerían medidas excepcionales. David revisó rápidamente la información que había recopilado sobre Sofí. Mañana era jueves. Su madre trabajaría el turno de noche. La niña estaría sola en casa desde las 6 de la tarde hasta la mañana siguiente, una ventana perfecta.
Sacó su teléfono y envió un mensaje a Sofie usando el número que ella le había dado para consultas sobre programación. Hola, Sofi. Soy el señor Morris. Estaba pensando en mostrarte ese proyecto de robótica mañana después de la escuela. ¿Te gustaría venir a mi casa a las 4:30? Prometo que esta vez veremos el laboratorio del sótano. La respuesta llegó casi instantáneamente.

Me encantaría. Gracias, señr Morris. David sonríó. La inocencia de la niña era conmovedora, tan confiada, tan ansiosa por recibir atención de un adulto que mostraba interés en sus pasiones. Modificó sus planes. No se iría esta noche. Esperaría hasta mañana cuando Sofí estuviera con él. Luego ambos desaparecerían.
Considerando el horario laboral de la madre, nadie notaría la ausencia de la niña hasta el viernes por la mañana, dándoles una ventaja de casi 12 horas. Mientras reorganizaba su equipaje, David reflexionó sobre este nuevo rumbo. Mantener a Sofí con vida era un riesgo, pero también una oportunidad única. podría moldearla, enseñarle, convertirla en algo más que un simple trofeo, una compañera quizás, alguien que eventualmente podría entender y apreciar su obra.
El pensamiento le produjo un escalofrío de anticipación. En la escuela primaria Oakwood, a la mañana siguiente, David llegó temprano para su clase habitual de informática. actuó con total normalidad, saludando al personal con su amabilidad característica. Si alguien notó que su coche estaba más lleno de lo habitual o que llevaba una chaqueta ligeramente más abultada por la pistola oculta, no dio señales de ello.
Sofie estaba radiante durante la clase, lanzándole miradas cómplices cada vez que sus ojos se encontraban. Su entusiasmo por la visita de esa tarde era palpable. David le devolvió las sonrisas interpretando a la perfección su papel de mentor benevolente. Durante el receso, la directora Wilson lo abordó en el pasillo.
David, justo a quien buscaba, hay un nuevo consultor del distrito escolar que quiere hablar contigo sobre nuestro programa de tecnología. Está esperando en mi oficina. David sintió que su cuerpo se tensaba. un consultor. No recibí ninguna notificación sobre una visita. La directora se encogió de hombros. Fue bastante inesperado. Llegó esta mañana muy interesado en el trabajo que has estado haciendo con nuestros estudiantes.
Todas las alarmas internas de David se dispararon. Esto no era una coincidencia, era una trampa. Por supuesto, dijo, manteniendo una expresión neutral. Déjame guardar algunos materiales y estaré allí en unos minutos. En cuanto la directora se alejó, David evaluó rápidamente sus opciones. La salida principal de la escuela estaría vigilada.

La salida de emergencia en la parte trasera activaría una alarma. Necesitaba una distracción. Se dirigió al cuarto de mantenimiento donde sabía que guardaban productos de limpieza. con movimientos rápidos y precisos, combinó varios químicos en un balde, creando una reacción que produciría humo denso, pero no tóxico. Colocó el balde en un armario de suministros, cerca de la cafetería, y programó su teléfono para enviar un mensaje a Sofí en exactamente 15 minutos. Emergencia en casa. No puedo reunirme hoy. Hablaremos mañana.
Cuando salió del cuarto de mantenimiento, vio a la directora Wilson al final del pasillo, acompañada por un hombre de origen asiático que no había visto antes. Algo en la postura del desconocido, en su forma de observar el entorno, gritaba policía. David giró en la dirección opuesta, caminando a paso normal, hasta doblar la esquina.
Luego aceleró hacia la salida lateral que daba al patio de recreo, si lograba llegar a su coche antes de que la distracción comenzara. “Señor Morris”, la voz masculina a sus espaldas lo detuvo en seco. David se giró lentamente, componiendo su mejor expresión de amable confusión. Sí. El hombre asiático le tendió la mano. Detective Marcus Chen, estoy colaborando con el distrito escolar en un programa de seguridad infantil.
La directora Wilson me ha hablado muy bien de su trabajo aquí. Sus miradas se encontraron y en ese instante David supo que estaba frente al fontanero de Milbrook, el hombre que había descubierto su sala de trofeos, el hombre que lo había perseguido durante meses y por la forma en que los ojos de Chen se estrecharon levemente, supo que también lo había reconocido.
El juego había terminado. El tiempo pareció detenerse en aquel pasillo escolar. David y Marcus estudiaron mutuamente, cada uno evaluando al otro, midiendo distancias, calculando probabilidades. Un duelo silencioso entre depredador y cazador. Es un placer conocerlo finalmente, dijo David con voz serena, estrechando la mano ofrecida. La directora Wilson también me ha hablado de su visita.
La mano de Marcus se cerró firmemente sobre la suya, un apretón que comunicaba un mensaje claro. No te dejaré escapar esta vez. ¿Le importaría acompañarme a la oficina de la directora?, preguntó el detective. Tengo algunas preguntas sobre su programa de tecnología. David sonrió amablemente. Por supuesto, aunque debo mencionar que tengo una cita médica en una hora.
Nada grave, solo una revisión rutinaria. No nos tomará mucho tiempo, respondió Marcus haciendo un gesto hacia el pasillo. Mientras caminaban lado a lado, David notó la ligera tensión en el cuerpo del detective, la forma en que su mano derecha permanecía cerca de su costado, donde probablemente llevaba un arma oculta. No estaba solo.


Habría agentes del FBI posicionados en las salidas. La escuela estaría rodeada. En ese momento sonaron las alarmas contra incendios. El humo comenzaba a filtrarse desde la cafetería justo según lo planeado. El caos fue inmediato. Maestros emergiendo de las aulas, niños formando filas apresuradas, voces dando instrucciones sobre evacuación.
Marcus reaccionó instantáneamente, sujetando el brazo de David con fuerza. No te muevas”, ordenó en voz baja pero firme, revelando que la fachada de consultor había terminado. David mantuvo la calma, sus ojos evaluando el entorno. El pasillo se llenaba de estudiantes y maestros moviéndose hacia las salidas. La confusión era perfecta.
“Detective”, dijo con voz razonable. “Deberíamos evacuar con los demás. Si realmente hay un incendio. Esto es obra tuya, ¿verdad, Brenan?” Marcus lo miró directamente a los ojos usando su verdadero apellido por primera vez. David parpadeó con genuina confusión. Brenan, creo que me confunde con alguien más, detective.
Mi nombre es David Morris. Antes de que Marcus pudiera responder, la directora Wilson apareció entre la multitud de estudiantes. Detective Chen, señor Morris, deben evacuar inmediatamente. El humo viene de la cafetería. Marcus dudó, dividido entre mantener el control sobre el sospechoso y la responsabilidad de ayudar en la evacuación.
Ese instante de indecisión fue todo lo que David necesitaba. Con un movimiento fluido, David tropezó accidentalmente contra un grupo de niños que pasaban, creando una barrera momentánea entre él y Marcus. Aprovechando la confusión, se sumergió en la corriente de estudiantes que fluía hacia la salida más cercana.
Morris, escuchó gritar a Marcus, pero la voz fue ahogada por el ruido de la alarma y el caos de la evacuación. David emergió al patio escolar junto con docenas de niños y maestros. Vio a Sofí entre la multitud buscándolo con la mirada. Por un instante contempló la idea de acercarse a ella, de llevarla consigo como había planeado, pero vio también a agentes mal disfrazados de personal de mantenimiento posicionados estratégicamente alrededor del perímetro. Demasiado riesgo.
Se mezcló con un grupo de padres que habían acudido alarmados por las sirenas y se dirigió hacia el estacionamiento lateral. Su coche estaba a solo 50 m. Las llaves ya en su mano. No, señr Morris. La voz infantil de Sofí lo alcanzó cuando estaba a mitad de camino. David se detuvo y se giró. La niña corría hacia él, su rostro iluminado por el alivio de encontrarlo.

“Pensé que no lo vería antes de esta tarde”, dijo recuperando el aliento. “¿Sigue en pie lo del proyecto de robótica?” Mientras Sofía hablaba, David vio a Marcus emergiendo del edificio escolar. escaneando frenéticamente el patio. Sus miradas se encontraron a través de la distancia. En ese momento, David tomó una decisión que sorprendió incluso a su propia naturaleza calculadora.
Se inclinó hacia Sofí y habló rápidamente. Sofí, escúchame bien. Ve con tus maestros ahora mismo. No vengas a mi casa esta tarde. De hecho, no vuelvas a acercarte a mí nunca. La confusión y el dolor cruzaron el rostro de la niña. Pero hice algo mal, no respondió David, viendo que Marcus avanzaba hacia ellos, hablando urgentemente por su radio. Tú no has hecho nada malo. Yo sí. Ahora ve.
La empujó suavemente hacia donde estaban reunidos sus compañeros de clase y corrió hacia su automóvil. Arrancó el motor justo cuando Marcus llegaba a 50 m de distancia, seguido por dos agentes vestidos de civil. El Camry de David salió del estacionamiento con un chirrido de neumáticos. En el espejo retrovisor vio a Marcus corriendo hacia un vehículo negro, el mismo que había notado el día anterior. La persecución había comenzado.
David conducía con precisión calculada, ni demasiado rápido para llamar la atención de patrullas. regulares, ni demasiado lento para permitir que sus perseguidores lo alcanzaran. Su mente trabajaba a toda velocidad, descartando rutas de escape que seguramente estarían vigiladas, buscando alternativas.
El plan original de llevar a Sofi consigo había sido descartado. Ahora se trataba únicamente de supervivencia, de desaparecer una vez más y reconstruir su vida en otro lugar. no sería la primera vez. Tomó una salida inesperada hacia una zona residencial. Luego giró bruscamente en un callejón estrecho, intentando perder el vehículo negro que lo seguía a una distancia constante.
Emergió en una avenida comercial y se mezcló con el tráfico regular. El teléfono que había dejado para Sofí sonó con un mensaje entrante. David lo ignoró concentrándose en la carretera. Probablemente era la niña confundida y dolida por su rechazo repentino. Algo en ese pensamiento le provocó una sensación incómoda, casi como remordimiento.

Nunca antes había sentido algo así por una víctima potencial. ¿Por qué la había advertido? ¿Por qué no la había llevado consigo como había planeado inicialmente? La respuesta llegó con claridad inquietante, porque Sofí no merecía convertirse en otro trofeo. Era diferente, especial. David sacudió la cabeza para despejarse. Este tipo de sentimentalismo era peligroso.
Lo había llevado a cometer un error, a romper su protocolo habitual de desaparición que también le había servido en el pasado. Miró nuevamente el espejo retrovisor. El vehículo negro había desaparecido, pero sería ingenuo pensar que lo había perdido definitivamente. Los helicópteros estarían en camino, si es que no estaban ya. sobrevolando la zona.
Las cámaras de tráfico estarían siendo monitoreadas. Necesitaba cambiar de vehículo. Giró hacia un centro comercial y estacionó en la sección más concurrida. Tomó su mochila de emergencia que contenía dinero en efectivo, documentos falsos y lo básico para sobrevivir y abandonó el Camry.
Los seis trofeos que había salvado de Milbrook quedarían atrás junto con la nueva vida que había construido tan meticulosamente en Eugene, en el baño del centro comercial, David cambió su apariencia, se puso una gorra, lentes de sol y una chaqueta diferente. Salió mezclándose con la multitud de compradores, atento a cualquier señal de vigilancia.
Una hora más tarde conducía un Honda Civic robado de otro estacionamiento hacia la interestatal. Su destino, la frontera con Canadá. Tenía contactos allí, personas que podían proporcionarle nueva documentación y un pasaje seguro hacia Europa o Sudamérica. Mientras tanto, en la escuela primaria Oakwood, el caos inicial se había transformado en una operación policial organizada.
El incendio había sido rápidamente identificado como una distracción química no peligrosa. Los estudiantes habían sido trasladados al gimnasio mientras agentes del FBI y policías locales aseguraban el perímetro. Marcus Chen observaba con frustración como la agente Keller coordinaba la búsqueda del fugitivo. “Localizamos su vehículo abandonado en el Valley River Center”, informó un agente.
“Estamos revisando las grabaciones de seguridad, pero probablemente ya ha cambiado de transporte. Emitan una alerta para todos los vehículos robados en la zona,”, ordenó Keller. “Y necesito equipos en todas las salidas principales de la ciudad.” Marcus asintió distraídamente, su atención centrada en una niña sentada sola en las gradas del gimnasio.

Sofie Andrews parecía confundida y triste, abrazando su mochila contra el pecho. “¿Has hablado con ella?”, preguntó a Keller brevemente. Dice que el señor Morris le dijo que se alejara de él, que nunca volviera a acercarse. Parece que intentó protegerla.
Marcus frunció el ceño recordando el momento en que vio a Brenan inclinarse hacia la niña antes de huir. Un gesto inesperado de un hombre que había secuestrado y asesinado a más de una docena de niños a lo largo de los años. Protegerla no encaja con su perfil. Se acercó a Sofí y se sentó junto a ella en las gradas. Hola, Sofie. Soy el detective Chen.
Puedo hacerte algunas preguntas sobre el señor Morris. La niña lo miró con desconfianza. ¿Por qué todos están buscando al señor Morris? Él no provocó el incendio, ¿verdad? No exactamente, respondió Marcus con cuidado. El señor Morris no es quien dice ser. Es alguien que ha hecho cosas muy malas en el pasado. Sofi frunció el seño. No lo creo.
El señor Morris es bueno. Me enseña programación y me presta libros. A veces las personas malas pueden parecer buenas”, dijo Marcus gentilmente. “Pueden ser amables y generosos cuando quieren algo.” La niña guardó silencio por un momento, procesando esta información. “Él me dijo que me alejara”, dijo finalmente.
“Si fuera malo, ¿por qué me advertiría? Era una buena pregunta, una que Marcus no podía responder fácilmente. Thomas Brenan era un depredador metódico, un sociópata que veía a los niños como objetos para su colección. No encajaba con su perfil advertir a una víctima potencial. No lo sé, Sofi. Quizás incluso las personas que hacen cosas terribles tienen momentos en que eligen hacer lo correcto.
Marcus dejó a la niña con una psicóloga infantil. y se unió a Keller para coordinar la búsqueda. Las próximas 48 horas serían críticas. Si Brenan lograba salir del estado, sería extremadamente difícil localizarlo nuevamente. A 300 km al norte, David Morris, ahora usando el nombre de Richard Collins, según su nueva identificación falsa, se detuvo en una estación de servicio remota para recargar combustible.
Mientras la bomba trabajaba, sacó el teléfono que había usado para comunicarse con Sofi. Había tres mensajes sin leer. El primero enviado poco después de su huida de la escuela. Señor Morris, está bien. ¿Por qué me dijo que me alejara? ¿Hice algo mal? El segundo, una hora después.

Hay policías en la escuela preguntando por usted. Dicen que es una persona mala. Yo les dije que no es verdad. y el tercero, el más reciente. No entiendo lo que está pasando, pero gracias por advertirme. El detective Chen me explicó que usted intentó protegerme. ¿Por qué? David contempló el teléfono durante largo rato.
En más de una década como depredador, nunca había establecido un vínculo emocional real con ninguna de sus víctimas potenciales. Eran objetos, trofeos, símbolos de su poder y astucia. Pero Sofi, algo en ella había penetrado la armadura de indiferencia que había construido alrededor de su corazón. Con dedos ligeramente temblorosos, escribió una respuesta. Porque eres demasiado especial para convertirte en parte de mi colección. Adiós. Sofie.
Envió el mensaje y luego arrojó el teléfono a un contenedor de basura. Era la primera y última muestra de humanidad de Thomas Brenan. 6 horas después, al caer la noche, cruzó la frontera canadiense utilizando documentos falsos a nombre de Richard Collins.
El guardia fronterizo apenas le dedicó una segunda mirada, otro hombre de negocios más viajando al norte. En Eugene, el mensaje final de David a Sofie se convirtió en una pieza clave de evidencia. Los investigadores lo interpretaron como una confesión parcial y más importante aún como un indicio de que Brenan podría estar experimentando emociones conflictivas por primera vez.
Podría ser una manipulación, advirtió un perfilador del FBI, parte de un juego psicológico más complejo. Pero Marcus Chen, que había mirado a los ojos de Brenan en dos ocasiones separadas por 6 meses y miles de kilómetros, intuía que había algo más. Creo que Sofie realmente lo afectó”, dijo Aeller mientras revisaban las fotografías encontradas en la casa abandonada de David Morris, no sé si por remordimiento o algún tipo de conexión que incluso él no entiende, pero eligió no hacerle daño cuando tuvo la oportunidad. Un depredador con conciencia, respondió Keller
escépticamente. Eso no cambia quién es ni lo que ha hecho. No, no lo cambia, concordó Marcus, pero nos da algo que no teníamos antes, un punto débil, una grieta en su armadura perfecta. La búsqueda de Thomas Brenan continuaría ahora con renovada urgencia.
Su rostro aparecería en los noticieros de todo el país. Su perfil psicológico sería actualizado. Sus patrones analizados con aún mayor detalle. Y en algún lugar del vasto territorio canadiense, un hombre con muchos nombres contemplaba la posibilidad de un futuro diferente. Por primera vez en su vida adulta, Thomas Brenan cuestionaba su naturaleza, sus impulsos, sus decisiones.

La colección de trofeos que había definido su existencia durante más de una década había quedado atrás, perdida en el fuego de Milbrook y en el automóvil abandonado en Eugin. Una parte de él sentía ese vacío como una amputación, una pérdida irreparable de su identidad. Pero otra parte, una que apenas comenzaba a reconocer, se preguntaba si tal vez, solo tal vez, la verdadera libertad consistía en no coleccionar más trofeos.
En su habitación de motel barato en Vancouver, Richard Collins, antes David Morris, antes Thomas Brenan, abrió su computadora portátil y buscó Sofie Andrews, Eugene, Oregon. Los resultados mostraron artículos recientes sobre el caso del coleccionista y como una niña local había tenido un encuentro cercano con el infame asesino.
Su dedo se detuvo sobre una fotografía en la que Sofía aparecía junto a su madre y el detective Marcus Chen en una rueda de prensa. La niña parecía más madura de lo que recordaba, como si la experiencia la hubiera cambiado. Thomas cerró la página web y apagó la computadora. Mañana volaría a Europa con otra identidad. Una nueva vida lo esperaba con nuevas posibilidades.
Si esas posibilidades incluirían más víctimas o si la advertencia a Sofi marcaba el inicio de un camino diferente, ni siquiera él mismo lo sabía con certeza. Lo único que sabía era que por primera vez tenía una elección real y eso quizás era el desarrollo más aterrador de todos. M.