
fue colgada por besar a un comanche, pero él subió al árbol y la bajó con su propio cuerpo. Desierto de Sonora, mediodía, junio. El sol está clavado en lo alto como un cuchillo inmóvil. No hay sombras, solo una luz brutal que cae sobre la arena y el viento sopla fuerte, cargando granos finos como brasas que cortan la piel sin dejar marca.
En mitad del paraje, solitario como un suspiro condenado, se alza un mesquite seco y agrietado, ramas torcidas por el tiempo y el calor. De una de ellas cuelgan herida, atada por los tobillos, suspendida boca abajo como un castigo viviente.
Su cabello oscuro, desordenado, cae hacia la tierra rozando la arena ardiente. Tiene los labios partidos. Los brazos cubiertos de moretones, las muñecas marcadas por las cuerdas. Del cuello le cuelga una tabla tosca de madera rajada en la que alguien ha grabado con navaja unas palabras duras, crueles, casi imposibles de leer entre la sangre seca y el polvo.Traición por besar a un comanche, la tierra blanca no perdona. El cuerpo de Nérida tiembla levemente, apenas perceptible. Su aliento es frágil, un hilo delgado que se mezcla con el silvido del viento. Sus ojos están cerrados, pero un quejido muy bajo, más un lamento que un llamado, escapa entre sus dientes partidos. A unos kilómetros de ahí, en lo alto de una colina erosionada, don Rafael Salazar camina lento junto a su caballo sol, un animal viejo como sus silencios.
Rafael busca una rez. Se le escapó esa mañana del corral improvisado que armó al lado de la quebrada. Vive solo desde hace años, desde aquella riada que se llevó primero a su hija, luego a su mujer y por último su risa. Lleva una camisa clara, sucia de camino, un sombrero grande y una manta sobre los hombros.
Amarrado en su muñeca izquierda, un pañuelo bordado con pequeñas flores silvestres, una costura infantil, el último recuerdo de una niña que solía sentarse en su regazo a cantar canciones que el desierto olvidó. Cuando el viento cambia de dirección, Rafael se detiene en seco. Ha escuchado algo, un sonido casi imposible en esas tierras quemadas por el sol. Un gemido muy tenue, muy humano. Frunce el ceño, mira alrededor. No es asunto mío, murmura.
Sol resopla. Rafael apieta la mandíbula, intenta seguir su camino, pero entonces siente como el pañuelo en su muñeca se desliza levemente con el viento, como si la memoria misma le acariciara la piel. Y de nuevo el recuerdo, su hija atrapada en la corriente pidiendo ayuda, la voz que no alcanzó a salvar, la culpa que nunca se fue. Tira de las riendas, sea. Susurra y da media vuelta.
Al llegar, el viento sopla con más fuerza, cubriendo su rostro de arena. Necesita cubrirse los ojos con el antebrazo. La imagen ante él le corta la respiración. Nérida sigue colgada, inconsciente, pero viva. El sol le quema la piel. La tabla de traición golpea suavemente su pecho con cada ráfaga de aire. Rafael no pregunta quién es, no pregunta qué hizo, solo actúa.
Amarra a sola una piedra cercana, se acerca al árbol. La cuerda está tensa, anudada con rabia. Él respira hondo, apoya una bota contra el tronco y comienza a trepar. Mientras el viento sacude su manta, el tronco está caliente, seco. Pero él avanza sin dudar.
llega hasta la rama, se coloca entre la cuerda y el cuerpo de la mujer, cubriéndola con el suyo para evitar que se lastime al desatarla. Sus dedos firmes trabajan con paciencia. Uno a uno, los nudos ceden. Resiste ya casi, le dice en voz baja. La cuerda cae, Rafael la sostiene, la baja despacio. Ella pesa poco, demasiado poco. La arena le toca los pies, luego el rostro. Él la recuesta, ve como sangra por una muñeca.
Sin pensar, saca el pañuelo bordado. Limpia con suavidad la frente de Nerida mojada por fiebre. Luego envuelve su muñeca herida. Se quita la manta vieja del ejército, la coloca sobre ella. El poncho la cubre entera, como si la escondiera del mundo. La toma en brazos. Ella gime, no abre los ojos, pero respira.
Rafael la sube al lomo de sol, colocándola delante de él y ajusta su posición para sostenerla bien. No hay destino, no hay explicación, solo un impulso más fuerte que la lógica. Mientras el sol empieza a declinar y la sombra del mesquite se alarga hacia el este, Rafael se aleja sin mirar atrás. El pañuelo ya no está en su muñeca. Ahora está en la frente de otra alma y en su pecho, como un fuego lento, la certeza dolorosa.
Esta vez no voy a dejar que el desierto se la lleve. El viento no cedía. Mientras el sol caía lento detrás de las colinas secas, Rafael avanzaba entre la bruma de polvo con el cuerpo inclinado hacia delante, protegiendo con su espalda a la mujer que yacía desmayada en sus brazos. la había colocado cuidadosamente sobre el lomo del caballo con la cabeza apoyada en su pecho y él sentado detrás sostenía su cuerpo con firmeza, como si fuera a deshacerse con una sacudida del viento. Nerida no hablaba. Su rostro estaba cubierto de costras de arena y
sudor. Los labios rotos apenas se entreabrían con cada exhalación temblorosa. El poncho militar la cubría por completo, pero no alcanzaba a protegerla del calor ardiente que todavía emanaba del suelo. A veces su cabeza caía hacia un lado y Rafael acomodaba suavemente sin decir nada. Sus manos, firmes por instinto no dejaban que ella se deslizara.
De pronto sintió algo, una presión mínima. La mano de Nerida, débil, se había movido. Con los dedos temblorosos, ella tanteó a ciega sobre su abdomen hasta dar con el pañuelo bordado que él aún llevaba colgado del cinturón. lo agarró con una fuerza inesperada y lo apretó contra su pecho como si fuera un talismán.
Rafael no dijo palabra, solo apretó los labios y siguió cabalgando. A lo lejos, un muro de piedra partida apareció entre las dunas. Una grieta natural en la roca ofrecía sombra y un resguardo parcial contra el viento. Rafael guió a Sol hasta allí y desmontó. bajó Anerida con el mismo cuidado con el que se sostiene una vasija rota.
La acomodó sobre una manta extendida sobre la arena a la sombra y luego empezó a trabajar. Reunió ramas secas, trozos de arbusto y raíces marchitas. Golpeó dos piedras hasta que una chispa danzó entre sus dedos. Pronto, un fuego tímido crepitaba en medio del refugio. Sacó de una alforja unas hojas secas machacadas con esmero y las mezcló con unas gotas de agua en un cuenco de madera.
Con una tira de su propia camisa, empapada en esa mezcla, limpió las muñecas y los tabillos de Nerida. Las heridas seguían sangrando, pero menos. Ella abrió los ojos apenas, entornados, casi vacíos. No miraban nada en particular, pero cada tanto se posaban sobre el pañuelo bordado, ahora doblado sobre una piedra junto a su costado.
Rafael notó esa ficación, no dijo nada, se sentó a su lado y con el borde de su camisa limpió el sudor de su frente. El silencio pesaba como una manta mojada. Solo el viento afuera y el chasquido del fuego hablaban. Rafael no estaba acostumbrado a hablar, pero esta vez las palabras salieron como un río que llevaba demasiado tiempo contenido.
“No sé quién eres”, empezó con voz baja, sin mirarla. “Tampoco sé quién fue tan cobarde para hacerte esto, pero lo que sí sé es que nadie merece morir por un beso.” Ella no reaccionó, solo su pecho subía y bajaba con dificultad. Rafael acercó una mano a su frente, la tocó con suavidad.
Si logras pasar esta noche, mañana buscaré un sitio más seguro. Te lo juro. Entonces ocurrió algo, un detalle mínimo, pero que lo hizo que verse inmóbil. Una lágrima lenta y tibia recorrió la sienda en herida y cayó sobre la manta. Una sola. Suficiente. Rafael, sin pensarlo, tomó el pañuelo bordado, lo dobló con esmero y lo puso entre sus manos. Los dedos de ella se cerraron en torno al trozo de tela como si fuera una vida nueva.
Luego, con una lentitud frágil, asintió apenas con la cabeza. Rafael tragó saliva, acomodó una piedra bajo su espalda, se sentó junto al fuego y la vigiló. Ella dormía. La fiebre la hacía murmurar cosas sin sentido. Él no apartaba la mirada de su rostro. Y mientras el fuego lanzaba sombras contra la roca, pensó sin atreverse a decirlo en voz alta.
Creí que mi corazón se murió con mi esposa y mi niña, pero esta noche, en este rincón perdido del desierto, me doy cuenta de que vuelvo a tener miedo. Miedo de perder a alguien a quien aún no conozco. La noche descendía sobre el desierto como un manto de cenizas.
El fuego reducido a brasas apenas iluminaba la hendidura en la roca donde Rafael había escondido a Nérida. Afuera, el viento silvaba como una advertencia. Rafael se mantenía en vela, los ojos fijos en la figura frágil que descansaba envuelta en su poncho militar. No había dicho una palabra en horas, pero su mirada hablaba por él. Lejos en el pueblo, las campanas no habían sonado, pero el rumor ya corría como pólvora.
La mujer colgada en el árbol había desaparecido. Alguien la había bajado. Alguien se atrevió. No fue el fue un hombre. Un forastero con caballo viejo”, gruñó el más viejo del lugar levantando la voz en la cantina. “¿Y qué si fue?”, dijo otro. Esa mujer ya estaba marcada. Más razón para encontrarla y acabar lo que empezó. escupió el primero.
Montaron sin dudar cuatro hombres, cuatro faroles, cuatro rifles. Mientras tanto, Rafael movía ramas secas para tapar mejor la entrada de la cueva. Sentía que algo se acercaba, aunque no sabía si era el viento o los pasos de hombres con sed de castigo. Cubrió los rastros con arena uno por uno. Al volver dentro, suspiró y se dejó caer junto a la piedra.
El cansancio pesaba. Pero el cuerpo aún respondía, “No te voy a dejar”, murmuró mirando a Nerida, “No otra vez, no como aquella vez.” Se levantó un momento más tarde para revisar los alrededores. En la oscuridad, una roca suelta lo traicionó. Tropezó y su frente impactó contra una saliente. Cayó de lado. Un hilo de sangre le corrió por la ceja.
No gritó, solo apretó los dientes, se incorporó y regresó con paso inestable a la cueva. Nerida no se mordió, pero cuando el amanecer se insinuó detrás de las colinas con su luz opaca y fría, Nerida abrió los ojos, lentos, opacos, pero atentos.
Reconoció la silueta de Rafael dormido, sentado, la cabeza caída hacia delante, la sangre seca formando un trazo rojo sobre la ceja. Con manos débiles, estiró los dedos hasta alcanzar el borde del poncho. Tiró de él suavemente hasta cubrir el pecho de Rafael. Luego cerró los ojos otra vez. Rafael se despertó con el contacto, abrió los ojos, la miró. Ella fingía dormir, pero sus pestañas aún temblaban. Él no dijo nada.
Se limitó a acercarse, sentándose más cerca, como si su presencia bastara para agradecer. Esa noche, cuando el fuego volvió a encenderse y el viento disminuyó, Nerida buscó entre sus cosas un tubo delgado de madera, un trozo de caña, lo limpió con cuidado, lo sostuvo entre sus labios partidos y sopló. Las primeras notas salieron inseguras, luego firmes.
Era una melodía antigua, melancólica, hecha de pausas y silencios. Rafael, sorprendido, levantó la cabeza. Es de tu madre. preguntó en voz baja. Ella no respondió con palabras, pero asintió despacio. Sus dedos temblaban mientras sostenía la flauta. “No sabía que aún quedaban canciones así en el mundo”, murmuró él con la voz más suave que el viento. Ella siguió tocando.
Cada nota parecía coser algo en el aire. Rafael cerró los ojos un momento, dejando que la melodía lo envolviera. Cuando volvió a abrirlos, la miraba de un modo distinto, como si esa música sin palabras le hubiera dicho algo que él no sabía cómo pedir. Al terminar, Nerida bajó la flauta y la colocó con cuidado junto a la piedra. “Gracias”, susurró Rafael.

Ella lo miró, los ojos aún cargados de fiebre, pero con algo nuevo. Claridad. Él tomó el pañuelo bordado, lo alisó con los dedos y lo volvió a colocar entre sus manos. No sé si te salvaré de ellos, pero al menos no te vas a morir sola. El viento afuera seguía su lamento, pero dentro de la cueva, por primera vez, no todo era frío.
Había una brasa pequeña, sí, pero viva. Los días en el borde del bosque no tenían nombre ni prisa. El tiempo se diluía entre las sombras de los árboles y el murmullo del viento. Allí, en una pequeña planicie protegida por rocas y matorrales, Rafael y Herida aprendían, sin proponérselo, a existir el uno cerca del otro sin desconfianza. Él salía cada mañana con su sombrero calado hasta las cejas y el rifle colgado al hombro.
Revisaba trampas, recogía frutos secos y algunas veces cazaba algún ave flaca. Ella se quedaba cerca de la cabaña improvisada que Rafael había construido con lonas viejas, troncos cruzados y paciencia callada. Encendía el fuego, hervía agua y limpiaba todo lo que podía con sus manos aún débiles. No hablaban mucho, de hecho casi nada, pero cada gesto, cada mirada al cruzarse decía más que muchas conversaciones.
Una tarde, el cielo se pintó de naranja y la brisa trajo un aroma lejano a tierra mojada, aunque no había llovido. Rafael regresaba con una red vacía en la mano y barro en las botas. Al entrar al claro la vio. Nérida estaba sentada sobre la tierra con las piernas dobladas hacia un lado y un palo seco en la mano. No lo notó de inmediato. Estaba absorta.
Su cabello le caía sobre el rostro y sus labios se movían apenas como repitiendo una canción olvidada. Rafael se acercó sin hacer ruido, pero no tan silencioso como para no anunciarse. Ella lo escuchó y detuvo el movimiento. Luego, en lugar de ocultar lo que hacía, levantó la vista. No sonró, pero sus ojos no bajaron, tampoco se encogieron.
Él se agachó a su lado. Sobre la tierra, con líneas imperfectas y curvas frágiles, había flores, muchas flores, pétalos grandes, tallos finos, algunos con espinas dibujadas como si hubieran sangrado. Eran iguales a las flores bordadas en el pañuelo que él llevaba en la muñeca. “Estas”, dijo Rafael, bajando la voz como si hablara con un recuerdo.
“Mi hija solía abordarlas. Nunca las vi crecer en ningún lado. Decía que eran flores que solo brotaban cuando una persona estaba por dentro muy sola, pero aún creía en algo. Nérida bajó la mirada hacia su pañuelo. Luego volvió a mirarlo. No dijo nada, pero sus ojos lo decían todo. Lo había visto. Lo reconocía. “Tú las has visto también, ¿verdad?”, preguntó Rafael. Ella asintió levemente.
El palo aún entre sus dedos temblaba, pero no lo soltó. Esa noche, después de una cena simple hecha con raíces hervidas y algunas hierbas, se sentaron juntos frente al fuego. El crepitar de la leña era el único sonido hasta que Nérida rompió el patrón. Tomó un cuenco de madera y por voluntad propia se lo ofreció a Rafael. Él lo tomó. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de ella.
Fue apenas un instante, pero algo cambió. Ninguno retiró la mano de inmediato, solo se miraron. El fuego reflejaba en los ojos de ambos una pregunta sin palabras. “Gracias”, susurró él. Ella bajó la mirada, pero sus labios se curvaron levemente. No era una sonrisa, pero era algo cercano. Después, cuando todo quedó en silencio otra vez, Nérida sacó su flauta. Era un trozo de caña viejo, desgastado, pero todavía capaz de cantar. Sopló despacio.
La melodía que nació era suave, como si se deshiciera antes de llegar a los árboles. Rafael cerró los ojos. El pañuelo bordado estaba en su mano. Lo apretó con fuerza, como si así pudiera aferrarse al pasado sin romper el presente. ¿Quién te enseñó a tocar así?, preguntó de pronto.
Nérida no respondió, solo siguió tocando, pero al terminar dejó el instrumento a un lado, se acomodó el cabello detrás de la oreja y por primera vez habló. Mi madre antes de que los hombres la tomaran. Rafael no supo qué decir. Quiso responder, quiso nombrar su dolor, pero las palabras se quedaron atoradas en la garganta.
Ella decía que si un día no podía hablar, debía dejar que la música hablara por mí. Él asintió. No preguntó más. Después de un largo silencio, Rafael pensó, mirando cómo las brasas iluminaban las flores dibujadas en la tierra. Ella no grita. No exige. Pero en cada línea trazada con un palo, en cada cuenco que ofrece, en cada nota de su flauta, ella está diciendo, “Estoy viva, no me han roto.
” Quizá al día siguiente él volvería a salir a buscar trampas, pero por primera vez no lo haría solo. El sol seguía siendo implacable, pero no tan cruel como antes. En los márgenes del desierto, donde los caminos se cruzaban sin mapas, Rafael encontró una vieja estación de abastecimiento abandonada.
Era un edificio bajo de barro y madera, con el techo medio derrumbado y las puertas comidas por el viento. Las paredes agrietadas y cubiertas de arena parecían pedir a grito su nuevo propósito. “Podríamos quedarnos aquí un tiempo”, dijo Rafael observando el lugar con ojos cansados pero atentos. Nerida no respondió. Caminó por el interior del lugar, levantó una silla rota y la enderezó con manos suaves. Era a su manera de decir que sí.
Durante los días siguientes trabajaron sin hablar mucho. Rafael retiró escombros, clavó maderas, reforzó el techo con ramas secas y trozos de lona que aún servían. Nerida barrió la arena, lavó frascos vacíos y colocó flores silvestres en una botella de vidrio rota, ahora transformada en jarrón. En el porche, Rafael volvió a colgar un viejo campanillo de barro quebrado en un borde.
Cada vez que el viento soplaba sonaba como un susurro perdido. Habían abierto, sin saberlo, un pequeño puesto para viajeros, un rincón donde los que cruzaban el desierto pudieran detenerse, respirar y encontrar algo más que agua. podían encontrar dos almas que sin haberlo planeado estaban construyendo una vida.
Una mañana Rafael entró con el pañuelo bordado en la mano. Lo dejó sobre la mesa sin una palabra. Nerida, que estaba ordenando raíces secas, lo vio, se acercó, lo tomó entre los dedos y lo dobló con mucho cuidado. Luego lo guardó en una pequeña caja de madera que mantenía junto a sus pocas pertenencias. “Gracias”, susurró sin mirarlo. Más tarde ese día, Rafael trabajaba en una cerca improvisada con estacas de madera.
Cuando clavó el último poste, encontró un vaso de barro con agua colocado a su lado. Supo que era de ella. La buscó con la mirada. Nerida lo observaba desde la puerta. Sus ojos se encontraron sin prisa. No hubo palabras, solo un leve gesto de cabeza y el vaso fue tomado. Un día, un comerciante a caballo se detuvo.
Bajó despacio con el sombrero cubriéndole el rostro. Al ver An herida detrás del mostrador, se detuvo. Sus ojos recorrieron su figura, su cabello oscuro y su mirada profunda. Rafael apareció desde atrás con voz firme. Ella es quien mantiene este lugar con vida. El hombre asintió sin decir nada. sacó algunos objetos de su alforja, un cuchillo pequeño, sal y un rollo de tabaco, y los dejó sobre la mesa. No hizo preguntas, nadie mencionó el pasado.
Esa noche el fuego iluminaba la estancia con tonos cobrizos. Rafael organizaba algunos estantes cuando escuchó la flauta. Nerida soplaba con suavidad. La melodía era triste, pero dulce. se detuvo. La miró en silencio. El reflejo del fuego danzaba sobre su rostro.
“Pensé que no podría amar de nuevo”, dijo él sin moverse, “que ya no quedaba nada en mí para alguien más.” “¿Pero tú?” Ella dejó de tocar. Lo miró. Rafael puso una mano sobre el pañuelo bordado, ahora extendido sobre la mesa. “No necesitas ser de nadie. No eres mía, pero desde que tomaste mi mano en aquel desierto, supe que vivía por alguien.
Néida no respondió con palabras, pero sus ojos se suavizaron. Asintió con un movimiento lento, cargado de significado. Sobre la mesa, el pañuelo, que una vez perteneció a su hija descansaba ahora junto a un collar de cuentas de colores que Nérida llevaba siempre con ella.
Nadie los había puesto juntos a propósito, pero ahí estaban como dos historias distintas que sin buscarlo decidieron caminar en la misma dirección. El sol descendía lento, bañando el horizonte con una luz dorada que se filtraba entre los huecos de la vieja estación. El aire era espeso, caliente, pero la calma tenía un sabor distinto. Esa tarde.
Rafael estaba sentado fuera del refugio afilando su cuchillo con una piedra lisa. A su lado, el viejo caballo sol masticaba la hierba seca, con los ojos cerrados, como si también agradeciera el silencio. Dentro de la chosa, Néida ordenaba unos frascos. Llevaba el pañuelo bordado sobre el rostro, cubriéndose del polvo que empezaba a levantarse, porque desde lejos el viento traía algo más que calor.
Una nube de arena comenzó a levantarse en la línea del horizonte. Rafael alzó la vista. Era densa, inquieta, como si los pasos que la provocaran no fueran bienvenidos. Se puso de pie lentamente y guardó el cuchillo en la vaina. El chillido seco de las bisagras de la puerta acompañó el momento en que Nérida salió, alertado por el mismo presentimiento. Cinco jinetes emergieron de la tormenta de arena.
Al frente, un hombre ancho de espalda, con mirada dura, barba desordenada y sombrero bajo. Era él, el cacique del pueblo, el mismo que había mandado colgar a Nérida, su padre adoptivo. Ella es mía! Rugió sin desmontar. Tengo el derecho de reclamarla. La voz desgarró el aire. Nérida dio un paso atrás.
Rafael, sin mover los pies, apoyó una mano sobre la empuñadura del machete que colgaba de su cadera. El metal brillaba recién afilado, reflejando el último rayo de sol. Pero antes de que Rafael pudiera hablar, Nérida caminó al frente. Salió de la sombra del umbral, quitándose el pañuelo del rostro. Su expresión era tranquila, su mirada firme. “No soy de nadie”, dijo con voz clara. “Él no me posee.
Yo lo elegí a él.” El silencio fue absoluto. El cacique la miró con odio. Sus labios se apretaron. Su mano fue directo al revólver en su cinto. El click seco al sacarlo rompió el aire. Rafael avanzó un paso, pero su brazo izquierdo, el de la vieja herida y el tatuaje descolorido del pasado, apenas respondió. No alcanzaría a sacar su arma.
Un momento de tensión pura. Los caballos resoplaban. El polvo giraba en remolinos. El corazón de Nérida latía tan fuerte que le dolía. Y entonces ella se movió. Tomó la flauta de caña que colgaba de su cinturón, corrió hacia el hombre y con un golpe seco la estrelló contra su mano. El arma cayó al suelo levantando un pequeño montículo de polvo.
Rafael no dudó, se agachó, recogió el revólver y con una precisión serena disparó justo frente al pie del cacique. “Llevad vuestro odio lejos”, dijo sin alzar la voz. Aquí quien ama no pide permiso para amar. Los otros hombres se miraron entre sí incómodos.
El cacique, con los ojos llenos de furia y orgullo herido, no respondió. Se subió de nuevo al caballo, dio medio vuelta y cabalgó lejos sin mirar atrás. Uno a uno, sus acompañantes lo siguieron. El polvo volvió a sentarse. Rafael, aún con el arma en mano, miró a Nerida. Su pecho subía y bajaba con fuerza, pero su rostro no temblaba. “Yo no te salvé”, dijo con voz profunda. “No lo hice solo porque alguien no debería morir por un beso.
” Hizo una pausa. Sus ojos encontraron los de ella. Te salvé porque tú salvaste lo que quedaba de mí, lo que ni el tiempo ni la tormenta habían podido tocar. Ella bajó la minada, guardó la flauta rota en su pequeña bolsa y con manos temblorosas tomó la de Rafael.
La apretó fuerte, luego, sin decir una palabra, apoyó su frente en su hombro. Él suspiró, miró al horizonte vacío donde antes estuvieron los jinetes, luego bajó la cabeza, colocó su mano libre sobre el hombro de ella. Ninguno dijo más, porque en aquel instante entre el polvo, el sudor y la luz dorada del crepúsculo, lo no dicho era lo que más pesaba. La mañana llegó sin sobresaltos. Por primera vez en semanas, el sol no parecía una amenaza, sino una promesa.
La luz dorada se deslizaba suavemente sobre las tablas viejas del puesto de abastecimiento, iluminando los pétalos de las flores silvestres que en herida había plantado en una hilera de latas oxidadas frente al porche. El viento soplaba con delicadeza, levantando un poco de polvo, pero sin rabia, solo como si quisiera saludar. Nerida se agachó y vertió agua desde un cuenco pequeño sobre cada raíz.
Lo hacía con la misma paciencia con la que alguien acaricia una herida cerrándose. Cada gota era un símbolo, un acto de fe. Detrás de ella, Rafael ajustaba el marco de la puerta, asegurando una bisagra con clavos que había encontrado entre restos viejos. La miró en silencio.
No dijo nada, pero su mirada la seguía con un respeto que no necesitaba palabras. Nerida sintió su presencia no por el sonido, sino por la calma que traía consigo. No volteó, sonrió apenas. Cuando terminó de regar, sacó de su bolsillo el pañuelo bordado, lo observó un instante entre sus manos, luego se agachó y lo colocó en un montículo de arena junto a las flores, como si con ese gesto consagrara aquel pedazo de tierra, como si dejara que el recuerdo floreciera también. Rafael la observó hacerlo.
Caminó lentamente hacia un arbusto cercano, cortó una rama con flores frescas y volvió. Se agachó junto al pañuelo y la colocó al lado, formando un nuevo patrón sobre la tela. Un dibujo que no estaba bordado, pero que hablaba igual. Nerida lo miró con suavidad. No sonrió, solo lo contempló unos segundos y dijo en voz baja, “Tú me diste un lugar para vivir.
” Rafael no respondió con palabras. solo extendió una mano, la puso sobre su hombro y la apretó con ternura. No hacía falta decir más. Estaban ahí juntos, vivos. La tarde llegó lenta, como quien no quiere perturbar lo que se ha curado. El calor era menos agresivo y el viento arrastraba aroma a hierba. Sentados en el porche, Nérida apoyó su cabeza sobre el hombro de Rafael.
Él giró un poco el rostro, contempló el cielo que ya se teñía de naranja y luego tomó su mano. Sus dedos se entrelazaron sin esfuerzo. No la miró, solo susuró al aire casi sin sonido. No necesito que me lo digas. Solo sé que cada día que vivo empieza contigo. Nérida cerró los ojos.
Su respiración se acompasó con la suya y entonces, en ese silencio que no era vacío, sino lleno de lo que no se puede nombrar, Rafael sintió algo dentro de él. Creí que mi corazón se había congelado para siempre después de todo lo que perdí, pero tú tú lo has derretido. No de golpe, no con ruido, sino con cada gesto tuyo, con cada flor, con cada silencio que compartimos.
No había música, no había palabras grandilocuentes, solo la certeza de estar ahí en mitad de un lugar donde nada debería crecer. Y sin embargo, las flores florecían. Y así, bajo el cielo del atardecer y entre latas convertidas en jarrones, el desierto empezó a parecer un poco menos vacío. La noche había descendido como un manto suave, sin prisa, cubriendo el desierto con su calma fría. La luna brillaba alta.
redonda y serena, lanzando su luz plateada sobre los ramos de flores silvestres que rodeaban la vieja estación. El viento soplaba despacio, acariciando los pétalos, las tablas viejas y los cuerpos que ya no huían. Nérida estaba de pie junto a Sol, el viejo caballo que había llevado su cuerpo inconsciente a través de la arena.
Acariciaba su crin lentamente, sin pensar, mientras la brisa le movía el cabello, ahora largo y limpio, iluminado por el azul de la noche. Sus ojos estaban perdidos entre las sombras y el recuerdo. Rafael salió en silencio con un pequeño objeto entre las manos, caminó hacia ella sin romper el momento, se detuvo a su lado y le entregó una cajita de madera sin decir una palabra.
Neridal lo miró, tomó la caja con ambas manos, la sostuvo unos segundos contra su pecho y luego la abrió con delicadeza. Dentro estaba el pañuelo bordado cuidadosamente doblado y al lado una pulsera de cuentas hechas con semillas de flores del desierto. Ella parpadeó conmovida. Esto es Rafael.
la interrumpió con una voz baja pero firme. Esto ya no es solo un recuerdo. Es prueba de que tú formas parte de este lugar, de mi historia, de mi alma. Nérida no respondió de inmediato. Sus dedos rozaban el pañuelo como si se tratara de algo sagrado. Luego levantó los ojos clavándolos en los de Rafael.
Yo no necesito pertenecer a nadie, dijo con voz suave, contenida. Pero sí sé lo que quiero y es pertenecer a ti. Rafael sonrió casi imperceptiblemente. Dio un paso más cerca. Su mano tocó su mejilla apenas como quien pide permiso antes de quedarse para siempre. Entonces yo seré tuyo susurró sin tiempo, sin condición.
Un largo silencio se apoderó del lugar, pero no fue incómodo. Fue un silencio pleno como el que precede a la lluvia en un desierto seco. Solo el viento entre las flores y la respiración compartida llenaban el aire. “No hace falta que lo juremos”, añadió Rafael mirando el cielo. “El amor ya lo decidió por nosotros.
Vive aquí en cada cosa que no dijimos. Y aún así sentimos. Los ojos de Nerida brillaron, no por las lágrimas, sino por la certeza. Se volvió hacia el porche y caminaron juntos. Se detuvieron bajo el techo gastado mirando el horizonte. La luna se colaba por entre las maderas abiertas y la luz caía justo en sus espaldas.
Detrás de ellos, las flores silvestres danzaban al ritmo del viento como si bendijeran la escena. Ninguno volvió a hablar, no hacía falta. Nerida tomó la pulsera y se la colocó en la muñeca. Rafael, en silencio, tomó el pañuelo y lo guardó en el bolsillo de su camisa junto al corazón. Y allí, en esa noche que no pedía testigos, el pasado y el futuro se abrazaron.
Ella no me pertenece, nunca lo hará, pero yo yo la he elegido y eso es para siempre. Bajo la luna del desierto, donde el viento ya no duele y la arena guarda secretos en calma, Nerida y Rafael eligieron no huir, sino quedarse. No eran almas salvadas, sino dos heridas que aprendieron a curarse con paciencia, con silencio, con miradas que dijeron más que el pasado.
Su historia no comenzó en un altar ni terminó con una promesa dicha en voz alta, pero quedó bordada en cada flor silvestre, en cada nota de una flauta, en un pañuelo viejo que ahora guarda memoria de dos corazones. Te conmovió este viaje. Suscríbete a Romances de Frontera para más historias como esta, donde el amor desafía tormentas, balas y el olvido.
Nos vemos en la próxima travesía. Y recuerda, a veces lo que el viento no se lleva es lo que más importa.
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