La golpeaban por tener cicatrices hasta que un guerrero apache le besó cada una. Arizona, frontera sur, año de 1872. Un viento seco arrastraba polvo y ojarasca por las calles de un pueblo que olía a madera vieja, mezcal barato y miedo disfrazado de moral. Era jueves por la tarde y el calor se había pegado al cuero de las sillas del único salón, donde media docena de hombres borrachos hablaban en voz alta entre risas roncas y vasos golpeados contra la barra.
Dicen que la bruja sigue rondando, masculió uno con los ojos entrecerrados, que se esconde bajo un velo negro y que su cara está quemada por el mismo infierno. Yo la vi anoche junto al pozo viejo. El burro se me espantó y no fue por el mezcal, agregó otro soltando una carcajada. Hay que sacarla del pueblo. Las tierras ya no dan maíz desde que ella apareció.
escupió otro, mientras las risas roncas se elevaban por sobre la música desafinada del salón. Afuera, la tarde caía lenta sobre el polvo. Una figura vestida de negro, delgada como sombra, cruzaba la plaza con pasos medidos. Su rostro estaba cubierto por un velo oscuro, tejido grueso que colgaba hasta el pecho.
Elenora había llegado así unas semanas sola, vendiendo hierbas curativas y ofreciendo ayuda a quien no tuviera miedo. Pero los susurros crecieron y las miradas se tornaron piedras. Nadie sabía su historia completa, solo los rumores, que había escapado de un intento de ejecución, que su rostro era prueba del castigo divino. Esa tarde Elenora solo quería un poco de pan duro y caldo para pasar la noche.
Se acercó a la entrada de la cantina con una canasta vacía en el brazo, pero antes de poder decir una palabra, una mano gruesa la sujetó por el brazo. ¿Y tú qué haces aquí? Bruja, ¿crees que puedes andar entre nosotros como si nada? Ella intentó soltarse, pero otro hombre ya se había acercado.

Entre risas, uno de ellos le arrancó el velo con un tirón seco. El grito que salió de la multitud fue inmediato. “Dios mío”, exclamó una mujer llevándose las manos al pecho. “Es ella la que tiene la cara del infierno.” Las cicatrices cubrían gran parte de su rostro, piel arrugada por quemaduras pasadas, una línea irregular dajando por la mejilla derecha hasta el cuero.
Ella no gritó, solo retrocedió cubriéndose instintivamente con los brazos, pero no le dieron tiempo. Un primer golpe llegó como relámpago, un puño cerrado al estómago, seguido de una catada que la hizo caer. Alguien tiró de su cabello. Otros le arrojaron piedras pequeñas, tierra, palabras que dolían más. Monstruo, bruja Elenora deberías haber muerto con las llamas.
Ella trató de cubrirse. Se encogió en el suelo abrazando su canasta como si pudiera protegerla. El velo negro cayó a un lado cubierto de lodo. Un niño la escupió. Un anciano le lanzó su bastón. Los rostros se deformaban en su mente, mezclados con los secos del pasado, con los gritos del fuego que la había marcado.
Pero ella no lloró, no suplicó, solo apretó los dientes. Y entonces en la sombra de la iglesia un hombre observaba de pie, con los brazos cruzados envuelto en un viejo poncho marrón y el cabello negro trenzado cayendo por su espanda, Taú no dijo nada. Sus ojos, tan oscuros como la noche en la sierra, eran dos filos observando cada movimiento, cada crueldad. Pero él esperaba.
Nadie lo reconoció. Nadie lo notó. Tau, guerrero Apache, había vivido años en silencio. Cargaba con cicatrices propias, profundas, no siempre visibles. Una, en particular, gruesa y antigua, recorría su nuca susurro de hierro candente. Él conocía el dolor y conocía la injusticia. La multitud comenzó a dispersarse cuando el sherifff pasó por la plaza.
Demasiado tarde, como siempre. Eleonora yacía en el barro con sangre en la boca y tierra en el alma. Alguien se rió. Alguien más escupió cerca de su cuerpo antes de seguir su camino como si nada hubiera pasado. La noche cayó sin pena, la plaza quedó vacía y cuando la lluvia comenzó a golpear suavemente los techos de zinc y madera, nadie miró hacia atrás.
Solo una figura se movió entre las sombras. Tau se acercó sin palabras, se agachó junto al cuerpo inmóvil, tocó su cuello, aún sentía el pulso. Sin dudarlo, la cargó en sus brazos, cubriéndola con su poncho. El velo negro quedó atrás, empapado por la lluvia y el olvido. Sus pasos se alejaron del pueblo. Solo los perros callejeros lo vieron pasar.

En la distancia, el trueno rompió el cielo y con él una historia nueva comenzaba a tejerse entre cicatrices, silencio y fuego. La madrugada aún no llegaba, pero en algún rincón del bosque la esperanza había empezado a respirar. La luz entraba con timidez por una rendija en la pared de barro y ramas secas. El interior de la choa olía a tierra mojada, a humo de leña recién apagado y a hierbas colgadas en ristras junto a las vigas. Eleonora abrió los ojos lentamente, no reconocía nada.
Se incorporó bruscamente y el dolor le atravesó las costillas como un cuchillo oxidado. El cuerpo le dolía entero, la garganta seca, los labios partidos. miró alrededor jadeando los recuerdos de la paliza aún vivos en su mente como brasas. Junto a ella, sobre una mesa baja de madera sin pulir, había un cuenco de barro humeante y un pequeño trapo de lino limpio doblado con cuidado.
La sopa desprendía aroma a laurel, orégano silvestre y raíz de cebolla. Y esto”, susurró apretando los dientes. Tomó el cuenco entre manos, pero al sentir el calor se le llenaron los ojos de furia. De un manotazo lo lanzó contra la pared. El barro se rompió en mil pedazos. La sopa resbaló lentamente por el muro. “¿Quién te pidió compasión?”, gritó mirando hacia la entrada.
Nadie respondió. Durante varios minutos, solo el crujir del techo al moverse con el viento le hizo compañía. Eleonora respiraba con dificultad, se cubrió el rostro con las manos, luego tomó el pañuelo limpio y lo apretó con rabia. Iba a rasgarlo, pero no lo hizo. Entonces el crujido seco de ramas pisadas anunció una presencia.
Tau entró sin decir palabra. Llevaba una manta doblada al hombro y un nuevo cuenco humeante en las manos. Sus pasos eran lentos pero seguros. Dejó la sopa sobre la mesa rota sin mirar a Eleonora y se volvió para salir. “¡Alto!”, exclamó ella con voz áspera. Él se detuvo sin girar el rostro. “No necesito tu compasión, ni de ti ni de nadie.

No me mires como si fuera un animal herido. El silencio entre ambos se volvió más pesado que la noche. No compadezco a nadie, respondió él con una voz profunda, seca, como tronco de encino. Vi que estabas viva. Te recogí por instinto, no por lástima. Eleonora no supo que responder. Taú salió.
La puerta de rama se cerró tras él sin hacer ruido. Esa noche no durmió. El cuerpo le ardía, pero era la mente la que más dolía. ¿Qué clase de hombre recogía a una mujer golpeada, la curaba y no decía ni una palabra más? Los días siguientes pasaron como sueños confusos. Cada mañana encontraba sopa caliente junto a la cama. Cada noche una manta extra aparecía doblada al lado del fuego. Tau venía y se iba como un fantasma.
Nunca preguntaba nada. nunca se acercaba demasiado. Elenora comenzó a observarlo. Desde la rendija de la chosa lo miraba recoger raíces, cortar ramas, secar carne, hervir agua con precisión de monje. Lo hacía todo con paciencia, como si la prisa no existiera en su mundo, como si ya hubiera cuidado antes de alguien que no podía valerse por sí mismo.
Una tarde lo vio agachado junto al río, lavando hierbas. El poncho se deslizó un poco por su hombro. El leonor anotó algo que le hizo contener la respiración. Una cicatriz larga irregular descendía desde su nuca hasta más allá de la clavícula. Era una herida vieja, profunda, como si le hubieran arrancado la piel con hierro al rojo.
No dijo nada, pero esa noche, por primera vez, no le costó llevar la cuchara a la boca. La sopa estaba salada con trozos de yuca y carne seca. No era deliciosa, pero tenía algo que hacía bien, sabor a cuidado. No lo agradeció, pero limpió el cuenco con el pañuelo limpio y lo dejó junto al fuego. Tau regresó poco después. La miró un segundo, solo un segundo.

Ella no desvió la vista. ¿Cómo te llamas?, preguntó sin esperar respuesta inmediata. Eleonora. Él asintió. Yo soy Tau. No hablaron más. Pero al día siguiente ella le dejó sobre la mesa un puñado de flores de manzanilla. No para él, para la sopa. La lluvia había caído durante toda la tarde, dejando el bosque envuelto en neblina con el olor a tierra mojada colándose por cada rendija de la cabaña.
El fuego chispeaba suavemente en el centro del refugio mientras la sopa borboteaba en una olla negra suspendida sobre tres piedras. Eleonora estaba sentada cerca del fuego con una manta sobre las piernas. Sus manos, aún ásperas por las heridas, tejían lentamente una trenza de hierba seca. Sus ojos no estaban perdidos como antes. Tau, de espaldas limpiaba una hoja curva con un trapo húmedo.
Tenía el poncho doblado a un lado y por un instante las cicatrices de su espalda quedaron al descubierto. Líneas torcidas, viejas, algunas profundas. ¿Qué te hicieron?, preguntó Eleonora sin alzar mucho la voz. Taú no se volvió, se quedó en silencio, pero no con ese silencio de rechazo, sino uno más hondo, como quien decide no mentir.
Fui castigado, dijo por fin, por no negar quién soy, por no renunciar a ser apache. Eleonora tragó saliva, bajó la mirada a sus propias manos, al trozo de piel quemada que se asomaba bajo la manga. Yo también fui castigada”, murmuró el hijo del ascendado vino a buscarme cuando su mujer estaba en parto. Me rogó que ayudara. Yo lo hice, pero el niño murió y él también.
Dicen que fue maldición, pero yo solo solo fui la partera. Los troncos del fuego crepitaron y por un momento ningún otro sonido se oyó más allá del golpeteo leve de la lluvia en el techo. Tahú dejó la hoja sobre la mesa, se acercó al fuego y se sentó frente a ella. Sus ojos la buscaron, no con pena, sino con la calma del que reconoce el dolor ajeno sin explotarlo.

¿Por qué sigues viva? Preguntó ella, dudón. Luego soltó la trenza de hierba y se tocó el rostro. Porque algo me empujó a seguir caminando, aunque nadie me quiera ver. Él asintió despacio. A veces vivir es la única forma de vencerlos. Esa noche el frío se coló por las paredes con más insistencia.
Elenora intentó dormir, pero los recuerdos de la plaza, de las piedras y los gritos la sacudieron como cuchillos. Despertó gritando, sentada de golpe, empapada en sudor. No, no me quemen. No, otra vez. El fuego del centro se había apagado, pero en la penumbra chispa se encendió. Tajú sin camisa, con el torso marcado por las cicatrices, se arrodilló junto al hogar y volvió a encender las llamas con ramas secas.
Luego tomó una manta suave y la colocó con cuidado sobre los hombros de Elenora. No dijo nada, no la tocó más allá de lo necesario. Caminó hacia la puerta y se sentó fuera bajo el techo de palma de espaldas a ella con la lanza al lado. Ella lo miró desde el umbral de su manta.
El corazón aún le latía fuerte, la piel aún le ardía por dentro. “¿Por qué no te vas cuando ves mi cara?”, preguntó con voz rota. Tahú no se volvió, porque yo también quise cubrir la mía, dijo. Pero descubrí que solo se cubre el rostro quien ha olvidado su dignidad. Las palabras flotaron como humo en la chosa. Elenora cerró los ojos. Esa noche no volvió a soñar con fuego.
La noche descendía sobre el bosque con paso lento, envolviendo cada rincón en un silencio húmedo. Las ramas chasqueaban de vez en cuando por el peso del viento y dentro de la chosa solo el crepitar del fuego rompía la quietud. El calor a leña mezclado con hierbas colgantes impregnaba el aire como un manto invisible. El calor del hogar era leve, pero suficiente para espantar el frío del cuerpo, no siempre el del alma.

Elenore estaba sentada junto al fuego, envuelta en una manta tejida a mano. Tenía la mirada fija en las llamas, pero no pensaba en el fuego presente, sino en otro, más lejano, más cruel, en el fuego que le había robado la cara, la paz y casi la vida.
A su lado, el veno negro que aún conservaba descansaba sobre un taburete. Había dejado de usarlo durante el día, pero no se atrevía aún a soltarlo por completo. Tahú acababa de regresar de las colinas, donde había estado recogiendo raíces secas. Colocó sus herramientas en silencio, colgó su manta y se sentó a pocos pasos de ella.
El rostro serio, los ojos oscuros, la postura tranquila como siempre. Pero esa noche Elenora sabía que no podía seguir callando. Tau dijo en voz baja, casi como si hablara al fuego. Esta noche necesito hacer algo. Él la miró sin responder. Esperó paciente, como si ya supiera que algo importante estaba por suceder. Elenora como el velo con manos temblorosas.
Lo sostuvo un momento sintiendo su peso conocido, como si cada hilo llevara el recuerdo de cada mirada, cada juicio, cada piedra. Luego lo dejó caer al suelo y levantó la vista hacia él. Quiero que me mires”, dijo con un hilo de voz, “no como los demás, no con lástima ni miedo. Quiero que veas lo que soy.
” Taú se levantó con lentitud, caminó hacia ella y se arrodilló frente al fuego a la altura de su rostro. Sus ojos recorrieron cada trazo de piel marcada, la frente con su línea tortuosa, la mejilla izquierda como una hoja marchita. La mandíbula surcada por el tiempo y el dolor. No frunció el ceño, no desvió la mirada, no hizo sonido alguno. Elenora sintió que el corazón le golpeaba el pecho, pero no se escondió.
Entonces Taú levantó una mano. Sus dedos se movieron con lentitud, como si pidieran permiso al aire. apartó un mechón de cabello que caía sobre la frente de ella y con la misma suavidad inclinó el rostro. Sus labios tocaron la cicatriz de la frente como si fuera sagrada. Luego la mejilla, primero una, después la otra y por último el borde del mentón, donde la piel aún mostraba la memoria del fuego.

Cada beso fue breve, contenido, pero lleno de un respeto que ninguna palabra podría igualar. Elenora cerró los ojos, no pudo contener las lágrimas y por primera vez desde aquel día en que la habían arrastrado al fuego, lloró sin rabia, sin miedo, sin culpa. Lloró por la niña que fue, por la mujer que sobrevivió, por todo lo que le robaron y por lo que esa noche comenzaba a recuperar.
Taú no dijo nada al principio, simplemente la miró, dejando que sus lágrimas fueran parte del silencio compartido. Cada cicatriz dijo al fin con voz firme, pero suave, “Es prueba de que sobreviviste. No hay vergüenza en ellas. Hay historia y yo yo respeto cada una.” Ella bajó la vista, tocó su mejilla aún húmeda y por primera vez esa piel rugosa no le pareció enemiga.
Las marcas seguían ahí, pero algo dentro de ella comenzaba a sanar. Taú no intentó abrazarla, no la llevó a su cama, solo se sentó junto a ella hasta que el fuego bajó en una cercanía que no exigía más que presencia. Esa noche cada uno durmió en su rincón. Pero el velo negro no volvió a cubrir su rostro y al amanecer, cuando el primer rayo de luz atravesó el tejado, Elenora dejó que la claridad tocara cada marca sin esconderse.
Cuando Tao regresó esa tarde del bosque, la encontró esperándola, sentada junto al fuego, sin velo, sin miedo y con una flor silvestre. El amanecer trajo consigo un viento extraño. No era como los demás días cuando el bosque susurraba con calma. Aquella mañana el aire traía consigo un rumor más denso, un presagio que se metía entre las ramas y no dejaba respirar del todo.
Los pájaros no cantaban y los perros salvajes no ahollaban. Tau lo sintió antes de verlo. Caminaba por un sendero oculto con un saco de raíces colgado al hombro cuando notó el suelo vibrar bajo sus pies. Se agachó, puso la palma sobre la tierra y susurró, caballos. Eran varios. No eran cazadores, no eran su gente, eran otros. Corrió de regreso.


La chosa estaba vacía. El fuego apagado. Eleonora no estaba allí. La encontró en la entrada de una cueva oculta entre los riscos, donde él mismo la había escondido hacía semanas por si llegaba el peligro. Estaba sentada con la espalda recta y el rostro descubierto. Lo miró con serenidad, como si ya supiera lo que iba a pasar. Están cerca”, dijo él sin aliento.
Ella asintió sin miedo. “Ya lo sé.” Tau se arrodilló frente a ella, tomó sus manos. Estaban frías, pero firmes. “Podemos huir. Hay un sendero al norte, nadie lo conoce. Podemos cruzar en la noche. No tienen por qué encontrarte.” Elonora negó despacio. Si huimos, vendrán por ti.
Dirán que escondiste a una criminal y no dejarán de perseguirte. No me importa, rugió Tau. Yo ya perdí mi libertad una vez. No puedo perderte también. Ella bajó la mirada, tocó con suavidad las cicatrices en su muñeca, donde aún quedaban rastros de las ataduras viejas. Tau, si yo vivo con miedo, entonces mis cicatrices no sirven para nada. No sobreviví al fuego para seguir escondiéndome. No tienes que hacer esto. No por mí.
Sí, por ti, por nosotros. Los cascos retumbaron cerca. Voces de hombres armados comenzaron a resonar entre los árboles. Eleonora se levantó despacio, tomó el velo negro y lo dobló con cuidado. No se lo puso, lo dejó en las manos de Tau. Guárdalo, ya no me pertenece.
Unos minutos después, cuando los hombres llegaron al claro, la vieron de pie con el rostro descubierto mirando de frente. Ahí está, gritó uno, la bruja. Los rifles se alzaron. Tau salió tras ella, pero Eleonora levantó una mano. No. Los soldados la rodearon. Uno de ellos, joven y nervioso, le ató las muñecas con una soga. Ella no opuso resistencia. Tau gritó desde la cueva.
Si la tocan, juro por mi sangre que el jefe de los milicianos lo apuntó con el rifle. Atrás, tú salvaje. Eleonora se volvió hacia Tau. Lo miró con una calma que partía el alma. No hagas nada. No les des razones para matarte. Él avanzó un paso. No, no puedo perderte así. Ella le sonrió con una dulzura que desarmaba. No me pierdes, Tau, solo confía.
Y mientras los hombres la llevaban por el sendero de regreso al pueblo, entre insultos y risas crueles, Tau apretó el velo negro contra el pecho. No gritó más, pero sus ojos ardían como fuego contenido. La plaza del pueblo estaba en silencio cuando el sol comenzó a subir, pero no era un silencio de paz, sino de tensión contenida.

Bajo la sombra del campanario, los hombres clavaban vigas en cruz sobre el suelo, levantando una estructura alta con sogas, madera y ramas secas. El cura del pueblo no intervenía, solo miraba desde la distancia, con los labios apretados y las manos cruzadas sobre el pecho. El poste de la hoguera quedó en pie, pero vacío.
Y en la ceniza que quedó alrededor, alguien encontró un trozo de manta negra. doblada con cuidado. La espesura del bosque los recibió con un silencio distinto al del pueblo. No era un silencio de juicio ni de espera, sino uno cálido, respirado, como el abrazo de una tierra que conoce el sufrimiento y no pregunta por él.
Las ramas se mecían con el viento de la madrugada y el sol apenas despuntaba sobre las montañas cuando Tahú desmontó del caballo y ayudó a Elenora a bajar. Ella temblaba, no de miedo, sino de algo más hondo, de volver a sentir que sus pies tocaban suelo que no la condenaba. A la entrada del asentamiento apache, varias figuras los esperaban.
Hombres con miradas firmes, mujeres con mantas sobre los hombros y niños que se asomaban por detrás de las piernas de sus madres. Nadie habló al principio, pero una mujer mayor, de cabello blanco trenzado y ojos profundos como las raíces de los pinos, se adelantó. ¿Esta es la mujer de la que hablaste?, preguntó en lengua baja. Tajú asintió. Ella cruzó el fuego y volvió.
La anciana se acercó a Elenora, la miró sin apuro, como quien examina una flor herida por la tormenta. Luego levantó una mano y rozó con suavidad una de sus cicatrices. No son feas, dijo. Son como grietas por donde entró la luz. Elenora no respondió, solo bajó la cabeza y apretó los labios conteniendo las lágrimas.
“Ven dijo la anciana. Hay manos que aún no saben sanar. y la tuya ya conoce el dolor, será útil. Así comenzó su nuevo capítulo. Durante semanas, Elenora aprendió el lenguaje de las plantas que crecen cerca del río, la forma correcta de machacar hojas sin perder su esencia, el arte de entibiar las piedras para aliviar la fiebre de los niños.

La anciana, a quien todos llamaban Nalín, le enseñó con paciencia y firmeza. Nunca la trató como extranjera, nunca le preguntó por el pasado. “Aquí nadie necesita esconderse”, le dijo una tarde mientras curaban una herida en el pie de un niño. Aquí se camina con lo que uno carga, pero no se camina solo. Tahú venía a verla cada noche, a veces con flores silvestres, otras con carne seca o raízas medicinales.
Nunca llegaba con palabras vacías, llegaba con presencia. Y eso bastaba. Una tarde, mientras ella colgaba ristras de manzanilla en la entrada de su nueva cabaña, él se detuvo junto a la puerta y la observó largo rato. Ella lo notó y sonrió con el rostro descubierto sin miedo. ¿Qué miras?, preguntó sin dejar de trabajar.
Tajú se acercó, tomó una de las trenzas de flores entre sus dedos y respondió, “Miro lo que queda después de la tormenta y veo algo hermoso.” Ella bajó la mirada, tímida, pero feliz. “Aquí no necesito esconderme. Aquí no, afirmó él. Aquí eres la que cura y también la que ha sido curada.” Elenora guardó silencio unos segundos, luego alzó la vista y lo miró con profundidad.
Y tú también has sido curado. Tahu respiró hondo. Tocó la cicatriz en su nuca con la punta de los dedos. No del todo. Pero tú haces que no duela tanto. Eleonora se acercó y puso su mano sobre la de él. Entonces sanaremos juntos. Los días pasaron con la calma de la naturaleza.
Cada amanecer traía una tarea, una enseñanza, una risa nueva entre los niños que venían a buscar su té de la mujer del fuego, como empezaron a llamarla. Las cicatrices seguían allí marcando su piel como el recuerdo de un pasado que no negaba, pero tampoco definía. Y cuando el viento soplaba fuerte en las noches y los truenos anunciaban tormentas lejanas, Eleonora ya no temblaba, encendía el fuego con manos firmes, preparaba su manta y esperaba a Taú, sabiendo que él vendría. Siempre venía.
La luz del atardecer se filtraba entre los árboles altos, pintando el suelo del bosque con tonos dorados y cálidos. La chosa de Eleonora olía manzanilla seca y humos nave. Frente a la entrada, sobre una manta tejida a mano, ella se sentaba con calma, hilando los últimos hilos de un nuevo chal.

Sus dedos se movían con destreza entre las fibras oscuras, transformando lo que una vez fue velo de vergüenza en una prenda de abrigo. Eleonora ya no temía el espejo del agua ni a la mirada de los niños. Su rostro marcado era parte de la comunidad. Tanto como los cantos al amanecer o las huellas de pies pequeños junto al río. Una niña de unos 6 años se acercó descalsa con el cabello trenzado a los lados.
Se quedó parada frente a Eleonora, observándola con esa inocencia que no conoce filtros ni máscaras. “Seño Eleonora”, preguntó en voz baja. “¿Por qué tiene la carita así?” Eleonora no se sorprendió, sonrió con ternura, dejó a un lado el hilo que tejía y le invitó a sentarse a su lado. Es por el fuego, mi niña, respondió sin tristeza. Hubo un tiempo en que me envolvió, me dolió, me cambió.
La pequeña frunció el ceño. ¿Te dolió mucho? Sí, pero aprendí que el fuego no quema todo. No pudo tocar mi corazón y eso fue lo que me salvó. La niña sintió como si entendiera algo muy grande. Luego le mostró una pequeña herida en la rodilla. A mí también me duele aquí. Me caí esta mañana. Elor acarició la cabeza de la niña.
Las heridas sanan y las cicatrices con el tiempo nos cuentan quiénes somos. Y tú eres una bruja buena. Soy una mujer que volvió a vivir, dijo Eleonora con una sonrisa que iluminó más que el sol. En ese momento, Taú llegó desde el otro lado del claro con leña sobre los hombros y tierra en las botas.
Se detuvo al ver la escena y dejó la carga suavemente a un lado. Observó en silencio, con esa expresión que solo mostraba cuando algo le conmovía por dentro. Eleonora retomó su tejido y al notar su presencia alzó los ojos. “Mucho polvo por allá, el suficiente para no olvidar de dónde venimos”, respondió él. se sentó a su lado.

Sus dedos grandes, curtidos por el tiempo, acariciaron el borde del chal que ella tejía. ¿Ese era tu viejo velo? Sí. Pensé que ya era hora de convertirlo en algo útil. Ya no necesito esconderme. Taú tomó el chal entre sus manos, lo levantó a contraluz y lo miró como si fuera una reliquia. Es hermoso murmuró. Ella bajó la mirada sonrojada. Solo son hilos. Él se acercó con voz grave y pausada.
No son cicatrices tejidas y las cicatrices son el lenguaje que mi corazón aprendió para poder amarte. Elenora cerró los ojos por un instante. No dijo nada, pero en su pecho algo latía con una fuerza tranquila. Las palabras de Tau no eran flores ni promesas. eran raíz. La niña ya se había ido corriendo entre los arbustos. La noche comenzaba a caer y el canto de los grillos llenaba el bosque.
Tao se puso de pie y extendió la mano. Caminamos un poco antes de que oscurezca. Ella aceptó. Se cubrió los hombros con el chal nuevo, ese que una vez fue velo, y caminó junto a él sin temor, sin prisa. Pasaron entre los árboles dejando huellas suaves en la tierra húmeda.
Ya no eran los mismos que una vez se encontraron entre el barro y el silencio. Ahora eran dos almas marcadas, sí, pero también reconstruidas, una al lado de la otra. Elenora y Tao no fueron un cuento de hadas, fueron ceniza que se negó a desaparecer. fueron piel marcada y corazón intacto, y en medio del bosque, entre plantas, fuego y ternura, aprendieron que el amor no necesita perfección, solo verdad.
Las cicatrices ya no fueron condena, sino lenguaje. Y donde antes hubo dolor, ahora florecía sentido. Si esta historia tocó tu alma, si sentiste el eco de un corazón roto y curado, entonces romances de frontera es tu lugar. Aquí celebramos el amor que nace del polvo, la ternura que brota del desierto y las almas que no se rinden aunque el mundo quiera quemarlas.
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